domingo, 17 de setembro de 2017

Passchendaele

Passchendaele 1917: Matanza en el lodo

El plan del mariscal sir Douglas Haig para el ataque británico en Flandes consistía en quebrar la línea alemana desde el saliente de Ypres y luego rodear el flanco derecho alemán establecido en la costa del mar del Norte. No lo disuadieron de esta estrategia las pérdidas terribles de la batalla del Somme en 1916 ni las dudas expuestas en cuanto al planteamiento por el equipo de información militar ni sus compañeros comandantes. Pétain pensaba que el ataque de Haig hacia Ostende fracasaría con seguridad, Foch lo describía como "fútil" y "fantástico".

Tampoco frenó a Haig el que los submarinos alemanes operasen principalmente a partir de sus puertos nacionales, es decir que aún tomando Zeebrugge y Ostende persistiría el peligro del submarino.

Había otras objeciones al plan; la tierra cercana a la desembocadura del Ijser, inundada por los belgas en 1914, proporcionaba una excelente barrera defensiva a la derecha de las formaciones alemanas. Por otra parte el ejército francés estaba todavía convaleciente de los motines y existía el problema inevitable del barro en un terreno dependiente del drenaje artificial. Pero, en su euforia, Haig se había convencido de que podía derrotar a Alemania sólo con la BEF antes de que llegaran los norteamericanos a robarle la gloria.

La ofensiva fue lanzada al norte de Messines, sobre un frente de 30 Km, entre Warnenton y Dixmude, el 31 de julio de 1917. La carnicería de Passendaele - conocida también como tercera batalla de Ypres - acababa de comenzar.

Era esencial un avance rápido, pues los registros metereológicos señalaban que en el mejor de los casos sólo se podían contar, en esa época del año, con un periodo de tres semanas sin lluvia. Llegado el momento habría lluvia temprana y continuada.

El bombardeo preliminar fue el más pesado montado hasta la fecha: durante dos semanas, 3100 cañones unos 41 millones de proyectiles. Sin embargo esto sólo sirvió para convertir el suelo anegado, cuyos sistemas de drenaje habían quedado destruidos por años de fuego artillero, en un amplio pantano con cráteres llenos de agua, a través del cual se suponía que habían de avanzar los británicos.

La ofensiva fue lanzada al norte de Messines, sobre un frente de 30 Km, entre Warnenton y Dixmude, el 31 de julio de 1917. La carnicería de Passendaele - conocida también como tercera batalla de Ypres - acababa de comenzar.

Era esencial un avance rápido, pues los registros metereológicos señalaban que en el mejor de los casos sólo se podían contar, en esa época del año, con un periodo de tres semanas sin lluvia. Llegado el momento habría lluvia temprana y continuada.

El bombardeo preliminar fue el más pesado montado hasta la fecha: durante dos semanas, 3100 cañones unos 41 millones de proyectiles. Sin embargo esto sólo sirvió para convertir el suelo anegado, cuyos sistemas de drenaje habían quedado destruidos por años de fuego artillero, en un amplio pantano con cráteres llenos de agua, a través del cual se suponía que habían de avanzar los británicos.

A las 03:50 horas del primer día del ataque, 12 divisiones de infantería avanzaron en medio de una espesa niebla. Pronto se hizo evidente que la ofensiva no se ajustaba al plan previsto. En el flanco izquierdo, tres sierras al norte de Ypres - Bixschoote, St Julien y Pilcken - fueron tomadas luego de avanzar unos 3 Km; pero a la derecha, el golpe al sudeste de Ypres, hacia la carretera Ypres-Menen fue detenido a poca distancia de su objetivo.

La lluvia incesante hizo imposible cualquier avance más, no sólo para los infantes, que se hundían en el barro hasta las caderas, sino también para los nuevos tanques dispuestos para aprovechar la penetración. Gough, hasta entonces un firme partidario del ataque, se manifestó incómodo a Haig, pero el comandante en jefe confiaba ciegamente en un triunfo. El mismo Haig reconoció que "el profundo suelo arcilloso, se convirtió en una sucesión de grandes lagunas fangosas. Los valles de las corriente en riada se transformaron pronto en largas tiras de barro, intransitable salvo por unas pocas pistas bien definidas, que pasaron a ser los blancos favoritos de la artillería enemiga. Dejar estas pistas, no obstante, era arriesgarse a morir ahogado y , en el curso de los combates siguientes, en varias ocasiones se perdieron así tanto hombres como animales de carga."

Los alemanes tampoco estaban en mejores condiciones, tal y como describió un observador: "El sufrimiento de todos los soldados alemanes, arrebujados juntos en lugares expuestos, ha de ser una de las peores agonías de la humanidad, hechos pedazos por tempestades de granadas y empujados adelante por contraataques que saben que serán mortales para ellos."

La lluvia era tan densa y continua, sin embargo, que pasaron otras dos semanas antes de que se pudiera organizar un segundo golpe. El 16 de agosto el V Ejército de Gough asaltó la línea Gheluvelt-Langemarck, desde la carretera Ypres-Menen al noroeste. Se repitió el esquema de la primera ofensiva: el ala izquierda avanzó cierta distancia más allá del arroyuelo Steenbeck y de Lagenmarck, en la derecha el avance fue detenido de nuevo antes de que se pudiera consolidar cualquier posición definitiva o capturar un número significativo de alemanes.

La moral aliada comenzó a deteriorarse, como apuntó Lidell Hart: "Los hombres sentían que la hábil resitencia del enemigo y el barro eran la única explicación a su inútil sacrificio." Cada vez había más malestar y amargura con el Alto Mando, de manera que Haig extendió el frente del II Ejército al norte, para incluir el esencial sector de la carretera de Menen, dando así a Plumer el objetivo principal: la meseta de Gheluvelt al este de Ypres. Plumer decidió tomar la meseta en cuatro fases; optó por concentrar sus esfuerzos en cada, dedicándose a objetivos limitados con fuerte apoyo artillero. Esta táctica permitiría a su ejército repeler los contraataques que sin duda se producirian.

A pesar de persistir la niebla espesa, el ataque inicial de Plumer se lanzó a las 05:40 horas del 20 de septiembre. Cuatro divisiones, dos de ellas australianas, avanzaron sobre un frente limitado de unos 4,5 Km, con 1300 cañones concentrados a lo largo de la línea entre Klein, Zillebeke y Westhoek.

Los hombres del II Ejército, empujando a ambos lados de la carretera de Menen, hicieron avances significativos: en 45 minutos se habían alcanzado los primeros objetivos. A mediodía la 23th División North of England estaba a sólo 1 Km de Gheluvelt, mientras que al norte de la carretera habían sido tomadas Nonne Bosschen, Black Watch Corner, Veldhoek y la mitad de Polygon Wood, Más al norte, las fuerzas del V Ejército habían avanzado sobre la línea férrea Ypres-Roulers hasta un punto justo delante de Zonnebeke.

Todos los objetivos habían sido alcanzados y los contraataques rechazados. La línea aliada se había adelantado una media de 825 metros.El extremo sur de la sierra de Passendaele, de la que dependía la seguridad de los alemanes, había sido tomado, aunque los británicos no lo habrían logrado aún en la parte norte.

La segunda parte del ataque tuvo lugar el 26 de septiembre, un día de tiempo insólitamente bueno, aunque el suelo revuelto y destrozado seguía siendo intransitable y traicionero. La infantería avanzó al salir el sol y los australianos pronto hubieron capturado lo que faltaba por tomar de Polygon Wood. Siguieron contraataques alemanes y más lluvia torrencial. El 4 de octubre volvieron a atacar, esta vez con 12 divisiones sobre un frente de 13 Km. Se ganó la sierra principal, al este de Ypres, de Gheluvelt a Broodseine.

A pesar de estos éxitos limitados y sumamente costosos, la situación estratégica aliada podía ser considerada ahora como un fuerte e innegable fracaso. Diez semanas de combate habían permitido lo que Haig había calculado que costaría dos días. El invierno se acercaba y no estaban consolidados los principales objetivos británicos detrás de la sierra de Passendaele. Ya no había posibilidad para una operación definitiva en Flandes, y menos aún de capturar Zeebrugge u Ostende.

Sin embargo Haig, todavía irresponsablemente optimista, decidió seguir adelante. El 8 de octubre se lanzó una nueva ofensiva en un frente de 13 Km que se extendía desde Veldhoek en el norte hasta Broodseine en el sur. El resultado fue el mismo: grandes pérdidas de hombres, atrapados en los lodos y poco terreno ganado. No obstante, y de nuevo a pesar de la lluvia incesante el estúpido Haig ordenó un nuevo ataque contra la sierra de Passendaele. Una vez más el resultado era seguro con las tropas atacantes de regreso casi en su línea de partida.

Haig no se dió por vencido y ordenó de nuevo atacar las tierras altas alrededor de la sierra de Passendaele el día 22 de octubre. En el ataque participó el I Ejército francés y el V británico, el día 26 atacó el III Ejército y se reintentó el 30 de octubre con los mismos resultados. El ya intolerable sufrimiento de los soldados aliados quedó ahora exacerbado por el mayor uso del gas mostaza por parte de los alemanes.

El 2 de noviembre, un avance inesperado de la 1ª y 2ª Divisiones Canadienses aseguró finalmente la toma del terreno elevado en el que se erguían las ruinas del destruido pueblo de Passendaele, Haig al fin estaba satisfecho. El saliente de Ypres, donde los aliados habían sido desde 1914 blancos de primera para los cañones alemanes, había sido rectificado, dejando sólo un pequeño saliente alrededor del propio Passendaele. Pero no se había tomado Zeebrugge ni Ostende, ni rechazado al enemigo. Menos aún se había ganado la guerra.

Para los aliados fue una victoria pírrica con 250 000 bajas, casi 90 000 de las cuales se informaron como "desaparecidos"; casi la mitad de esta última cifra - poco más de 40 000 - no fueron encontrados nunca. La mayoría se había ahogado y había quedado enterrada en el barro: todavía hoy, más de 90 años después, los agricultores desentierran huesos al arar la tierra. Las bajas alemanas, aunque no registradas en cifras concretas, han sido descritas en la historia oficial como "excesivas".


Fonte:
http://battlefieldspain.blogspot.com.br/2008/09/passchendaele-1917-matanza-en-el-lodo.html

Mais:
http://www.youtube.com/playlist?list=PLrWPsj6fVbeX1Vwvqq0mh17w0uoP6ej5y

domingo, 10 de setembro de 2017

Behind the German veil

Trechos de Behind The German Veil (1918), de J.M. De Beaufort.


"We have nothing to hide," thundered Major Herwarth von Bitterfeld, of the Intelligence Service. "The German Veil is only another of the many inventions of our enemies, chiefly the English. You can see everything in Germany; go anywhere, everything is open and above board."

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Germany would soon be short of everything - bread, copper, cotton, rubber, petrol - and, if you read some of the statistics given by your "experts" on German man-power, the German trenches ought to have been manned for the last six months by idiots and cripples.

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Yes, perhaps Germany wants peace now, but only because she wants to have foundations left upon which to build a new organisation, a new stupendous war-machine, which in ten years from now would dwarf anything the world has yet seen, heard or imagined.

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The Hindenburg letter worked like a charm; it proved a veritable golden key that unlocked almost every door, even that of General Staffs in the field. It acted like a magic carpet that transported me from Lodsz to Lille; from Wilhelmshaven to Kiel; from Hamburg to Munich; in fine, from East to West and from North to South. It was a pass on military trains; it procured me "express" motor-cars in places where it was "Strengstens Verboten" for any civilian to show his nose; it got me out of scrapes that even to-day make me feel hot and cold down my spine, and, finally, it seemed to open every German mouth from Generals down to cooks.

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I have always maintained, and I do so now after several months spent in Germany, that every German is a potential spy. It is not in his character, it is his character. It lies in the Nietzschian doctrines in which he has been sedulously trained from early childhood. [...] "Win, no matter by what means, but win!"

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A sub-editor, who had only recently been put in charge of the editorial department of one of the larger Berlin dailies, was reading up some of the old 1870-71 war despatches, probably to glean how to write a realistic battle-scene. It was during the fighting near Soissons. The young editor goes out to lunch and leaves one of the old clippings on his desk. Soon after the printer's foreman goes into the editorial offices and finds this cutting.

"It's awful," he exclaims, "how careless these young editors are nowadays. Here is a first-rate story, and he calmly goes out to lunch and lets it wait till after dinner." Whereupon the man sets to work, writes the headlines, edits it, and makes it fit for the press. Half an hour later Berlin gasps at the latest war news, which announces:

"The Battle of Metz. In the battles already referred to near Metz and the Vosges, the French lost in prisoners alone 173,000 men and 4,000 officers, including three Field-Marshals, one of them being Field-Marshal Bazaine."

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At all times of the day and night you must be ready to answer the greeting (now de rigueur in Germany): "Gott strafe England," with an immediate: "Er strafe es" ("May He punish it"). [...]

If you happen to be alone, you can shout it down the telephone, and you will promptly receive the reply, made with great ferocity or sweetness, as the case may be, but always with enthusiasm: "Er strafe es!"

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At a certain rather large dinner party, one man, who knew of some of my Luxembourg connections, leaned across the table and said: "Now your friends, the Luxembourgers, were more sensible than those stupid, hot-headed Belgians. Look at all the money Luxembourg is making these days!"

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I was present at a reception the Kaiser got on his return to Berlin from a visit to the Eastern front. I was near the Friedrichstrasse Station. Never, except perhaps at American baseball and football matches, have I seen such absolutely frenzied crowds as I found that morning. The cheering seemed to make the very buildings shake. From house to house, from mouth to mouth, rang the "Hochs!" Men threw their hats up in the air, waved their sticks or umbrellas; women fluttered their handkerchiefs, and many of them, who had babies, held them up that they, too, might get a glimpse of their Sovereign. Every seat at the windows and on the roofs was occupied. The Kaiser, dressed in the simple grey field uniform, with the black and white ribbon of the Iron Cross in one of his buttonholes, entered his motor-car with a quick elastic step, at the same time bowing to left and right. His helmet, like that of every soldier and officer, was covered with the grey material which has become the fashionable colour in Germany.

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Some of the most conspicuous [posters] were large yellow announcements about gold, urging everybody not to keep it in his possession, but to take it to the Reichsbank. It impressed upon you that by holding it back you were neglecting your duty to the Fatherland, and indirectly helping the enemy.

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The Adlon Hotel lounge might safely be called one of the most interesting spots in all the belligerent countries. It was here that men and women of all nationalities, creeds, professions and classes foregathered. There were the hunters and the hunted; the active and the idle; journalists and journeymen; there were types that bore great resemblance to the roast-beef cheeks of merry England; there were Turks in their fez, slim Chinamen and robust Americans. Officers of all ranks and branches in their uniforms, accompanied by ladies, near-ladies and "unfortunate" ladies. All had their serious aims, and none trusted the other.

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Whispering Charlie offered this same man, in my presence, to persuade the Kaiser himself to pose for his cinematograph, for the purely nominal sum of 2,000 marks (£100).

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There are few articles for sale in the shops that are not decorated with a facsimile iron cross. You may buy postcards with the iron cross - natural size - on it to send to your friend at the front, or you can buy a cigarette-case with a miniature cross in one of the corners. There are pipes, pocket-books, mugs, walking-sticks, handkerchiefs, brooches, rings.

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Always an interesting spot in Berlin is the corner of the Wilhelms and Dorothean Strasse, where the Staff College stands. It is now used for the administration of the casualty lists. Every new issue is pasted on the walls outside, and there you may find hundreds of people, too poor to pay the nominal sum charged for the latest copy of the casualty list, poring over them, searching for the name of son, father, husband, lover, or friend. If you remain there a little while you will usually witness some of those minor human tragedies which go to make up this stupendous one, when some old lady or man is led out of the crowd murmuring a beloved name, coupled to the final, hopeless word: "Tot, tot, tot" ("Dead, dead, dead").

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At the Bavarian "Kriegsacademie" (Staff College), in Munich, which has been turned into a large hospital, I came across the first Allied prisoners of war. There were a large number of French and some English prisoners there. [They] assured me that they were being well treated and had nothing whatever to complain of.

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The dear old Major, who was not at all a typical "Bavarian lion" and fire-eater, when I left suddenly asked: "Cannot America stop this wholesale murder?"

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I also met the Lord Mayor of Munich, and had a long talk with him. His topic was the "Allied starvation scheme!" [...] There is only one way of bringing Germany to her knees, and that is by brute force, by successful military operations; in other words, by winning decisive battles.

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One could discover the secret thought: "What else could we do but fight; we are tied to Prussia, and practically under her thumb."

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The Germans are poor psychologists. A mass Zeppelin attack on London was looked upon as the greatest trump card Germany had up her sleeve. They fondly imagined that a few serious raids over London would make the British public squeal and clamour for peace!

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"London is the heart and brain of this terrible war, and it should be given a taste of what war really is. A raid with some ten or fifteen of our latest Zeppelins would accomplish this thoroughly."

I was told that in February, 1915, twenty Zeppelins had been ready for a preliminary raid over London; but absolutely at the eleventh hour the plan had to be abandoned as the Kaiser refused his sanction.

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"England's greatest strength, the fact of its being an island, is disappearing fast [due to the swift development of aircraft]."

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Berlin is practically surrounded by Zeppelin sheds. They are at: Johannisthal (General Aerodrome), Tegel, Biesdorf, Potsdam.

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Several posters and caricatures have, of course, been drawn playing on Zeppelin raids over England. Illustration facing this page is called "Zeppelinitis," and shows Nelson descending from his column to hide in the Underground Railway. Subtitle is, "The End of England's Sea-Power."

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The German Intelligence Department claims exclusive knowledge of the preparation of a certain kind of sensitised paper for copying and photographing plans, maps, letters and other documents without a camera. Two pieces of glass are all that is needed. The sensitised paper and the document to be copied are placed between the glass, and at night, or in a darkened room, are exposed to candlelight for a matter of a few minutes.

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Only in very rare cases, I think, have whole passports been forged. Why should they be when plenty of authentic ones can so easily be bought?

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"Mobilisation of the kitchen." Since the Crown Princess coined this expression the term has become a regular German watchword. Woe betide the woman who has not answered the call to the kitchen or to the hospital, as the case may be.

One of the first things I noticed in Berlin was the entire absence of ladies - using the term here in its narrower social sense - in public places.

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At the outbreak of war a great many women and girls with university degrees, stenographers, book-keepers, etc., working in offices, thought that at last their chance had come. They were going to show that they could replace the men at the heads of departments, or at whatever responsible duty might have to be performed.

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"Another thing this war is teaching us, though, is that a political education is quite as necessary for women as for men. This war is going to revolutionise the position of women in this country, if not throughout the world." (Baroness von Bülow)

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Most of the theatres are open in Berlin, but that also is more to keep up appearances than for business purposes. The salary of every actor and actress has been cut down to a half, sometimes to one-third. Dancers and members of the chorus receive an average of three pounds a month. At the department stores conditions are worse. Most of the girls in the stores of Wertheimer and Tietz, and in the "Kaufhaus des Westens," earn from ten to twelve shillings a week. The inadequate pay of so many women workers has had its inevitable effect on morals. The combined influences of poverty, temptation, and the nervous strain of war-time, have proved too much for many an unhappy girl.

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My harvest of snapshots was prolific. It would have needed a wagon-load of films to take all the scenes I was invited to immortalise. Every one you came in contact with had something "sehr interessant," a "priceless" study to show you. Of course, nine times out of ten his own effigy was included.

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I very nearly landed in prison for photographing a couple of Zeppelins. All my films were confiscated except one, an unexposed roll.

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All persons who have taken photographs or moving pictures anywhere within the war zones must have three sets printed, and submit these to the Photograph Censor Department of the Great General Staff in Berlin. There they are inspected and stamped, and either passed for publication or refused.

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At Insterburg, in East Prussia, where I risked a shave, the barber had decorated one of the chairs with a placard, "In this chair General von Hindenburg sat and had his hair cut." I sat in the same chair, but all I can say is, that if the General's hair was cut as atrociously as I was shaved, I think he will wait till after his triumphal march into London for the next.

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A Jew was recommended for the Iron Cross. Hindenburg thought he would have his little joke with the man, and, incidentally, test the strength of his commercial instincts as compared with his patriotism. "Now tell me, comrade" asked Hindenburg, "which would you rather have - the Iron Cross or one hundred marks?"

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French champagne, which, as I soon discovered, was the most popular beverage amongst the offficers of the Berlin General Staff.

Some of the most truthful information I obtained was over a bottle of Perrier-Jouet, Pol Roger, Pommery, and other French wines. If ever it needed proof, I found it in Germany that: "In vino Veritas."

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A strange thing I noticed was the entire absence of beer. The strongest drink any grizzled paterfamilias was drinking was lemonade or soda-water. Naturally I at once jumped to the conclusion: "Aha! shortage." But I was wrong. When in an offhand manner I ordered a glass of "Münchener," the waiter promptly carried out my order. I was near a group of sergeants and saw them casting envious eyes at the frothing mug. Calling one of them over, I inquired about this curious phenomenon of Germans drinking lemonade. He soon explained it to me. Except at the front - that is, anywhere in the firing-line - soldiers cannot buy a drop of alcohol of any kind.

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Until I met Hindenburg I always thought that the eyes of the Mexican rebel Villa were the worst and most cruel I had ever seen.

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Goldap - a small East Prussian country town of some five or six thousand inhabitants - looked a bit upset. There had been considerable fighting in the streets and the neighbourhood. The Town Hall was destroyed, so was the only hotel, and the whole of one side of the market-place. The odour was not very pleasant, I must say, and evidently the process of cleaning had not yet begun. It needed it badly, because one could smell the offensive stench of dead bodies for miles around.

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A Colonel of the Prussian Guards, von Arnim, showed me his sword, presented to him by a number of civil and military admirers. It seemed a magnificent piece of work. What interested me most, though, was the inscription on the blade. Translated, it read:

"Do not bare me without good reason. But when once you have drawn me from my scabbard, do not replace me till I have tasted blood."

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At Allenstein large posters announced the appearance at the local cinema theatre of a film, "The Hound of the Baskervilles," Sir Arthur Conan Doyle's story. Evidently the tabooing of everything English does not include moving pictures.

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"Present-day warfare, in which machine-guns play such a prominent part, demands greater physical and moral courage than was required in former wars."

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The villages seemed to consist of snow houses, church spires - or what was left of them - tall factory chimney's, telegraph poles and modest wayside shrines - all were clad in a thick coat of frozen snow and ice. And all round us were the inevitable signs of old battlefields, and of an army in retreat. Shattered transport wagons, broken guns of all calibres, field kitchens, ammunition carts, sleighs, broken rifles, and leather accoutrements of all sorts, and, alas! the familiar simple wooden crosses by their hundreds and their thousands. Here and there one could still distinguish the inscriptions, but in most cases the weather had obliterated every mark of identity.

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Hardly a stone's-throw from the altar stood a powerful motor-lorry, surmounted by a long-barrelled anti-aircraft gun. A bit further on a wireless telegraphy apparatus was fixed, and the operator in charge was in communication with one of the aviators flying overhead.

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"Build railroads instead of forts." (Helmuth von Moltke)

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To me there is nothing so pathetic, no story so human and sad, as that which is told by the four pairs of boot-soles staring at you from the back of an ambulance car.

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I believe there is not another defence system in the world that can be compared with Germany's two-hundred-mile coast-line on the North Sea.

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There is no organisation in Germany, not even the Navy, in which the German Army does not play some part.

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Every unit of the entire system - i.e., every harbour, dockyard, fort, battery, nay, I believe almost every single large gun - is connected with the others by a strategical railroad, and, in a smaller degree, by a system of canals.

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We walked back from the Casino to the Coal Harbour. Although it was after midnight, the place [Wilhelmshaven] was bristling with activity. Everything was prodigiously lighted up, and from the imperial shipbuilding yard close by came the sounds of hammering, mixed with a confused din of voices, steam-engines, and the murmurings of the sea. The air was alive, charged with electricity. You felt that here you were at the heart of things, listening to the pulse-beat of a stupendous machine, at the seat of history in the making.

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One of them [Germans] had a little terrier with him. I liked him - the dog, I mean. [...] The dog was a trophy brought home by a relative of the present owner, who, serving on a submarine, had rescued him from the torpedoed Ville de Lille.

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The day of my arrival in Kiel, I was invited to see some of the German warships in action - in Kiel Bay. My naval friend and another officer called for me at my hotel in a huge grey car, with Germany's coat-of-arms painted all over it. The car was a German Mercedes, and certainly built for speed. An orderly was seated next to the driver, and frequently blew a long horn of a peculiar but not unpleasant sound. Whenever the man sounded his "Ta-ri-ta-ta," man, woman, child and beast, within half a mile, ran for cover.

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Herr Arthur von Gwinner, Managing Director of the Deutsche Bank; Germany's greatest financial genius; intimate friend of the Kaiser and the man behind the Bagdad Railroad:

"German militarism is nothing else but the German spirit, love of country, sacrifice."

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Dr. [Walter] Rathenau expressed as his opinion that out of this war may, perhaps in the not too distant future, arise a "United States of Europe."

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Krupps' man told me quite frankly that it was not copper they worried about, but the rubber and petrol supply. They are manufacturing a substitute for petrol, now called Benzol, a by-product of coke, but it also requires other ingredients, and those seem to be getting short. As for rubber, many professors of chemistry have been working for months trying to find a substitute for it. Up to a few weeks ago their efforts do not appear to have been successful.

Already early in 1915 every private car and most of the taxis had disappeared from Berlin streets. After eleven at night it is very difficult to get a conveyance of any kind.

The same informant, who must remain anonymous, said to me shortly before I left Germany: "If anything is going to break our neck, it will be rubber and petrol."

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"We are all going to be losers, we are all going to be very much poorer. France will become a second-class power, Russia will have to face a revolution, and England will get off with a black eye. Austria will suffer a set-back of twenty years, and it will probably take us the best part of ten years to regain our pre-war position."

domingo, 3 de setembro de 2017

Guerra e cinema

Trechos de Guerra E Cinema (1984), de Paul Virilio.


No final do primeiro conflito mundial, quando [D.W.] Griffith chega ao front francês para rodar seu filme de propaganda, a fase arcaica da guerra já havia terminado há muito tempo, desde 1914, com a batalha de Marne, o último combate romântico. Griffith deparou com um conflito que se tornava estático e onde, para milhões de homens, a ação principal consistia em fixar-se nos territórios, camuflando-se por meses - até mesmo durante anos, como em Verdun - em meio à proliferação impressionante de cemitérios e de valas comuns. Cineasta dos antigos combates, Griffith defronta-se bruscamente com a incapacidade de dimensionar os acontecimentos, agora dependentes do desenvolvimento fulminante de novas técnicas e ciências desconhecidas que enfatizam os meios no lugar dos fins.

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Se a nitro-celulose que é utilizada na fabricação de filmes virgens também é empregada na fabricação de explosivos, a divisa da artilharia - o que é iluminado é revelado - não seria a mesma do cinegrafista? Já em primeiro de outubro de 1914, a artilharia antiaérea acopla holofotes aos canhões. Em 1918, além das onze esquadrilhas de caça, a defesa do território britânico conta 284 canhões e 377 holofotes varrendo o céu. Em 9 de janeiro de 1915, quando o Kaiser ordena os primeiros ataques aéreos sobre Londres e suas zonas industriais, o DCA britânico produz filmes notáveis dos bombardeios noturnos realizados pelos Zeppelins alemães.

Pode-se avaliar aqui o impressionante atraso da Cinemática civil, ainda fortemente tributária da iluminação solar quando, desde 1904, as Forças Armadas russas já utilizavam refletores na defesa noturna de Port Arthur. Esses refletores logo seriam acoplados às câmeras-metralhadoras.

Griffith iria mostrar-se "muito desapontado com a realidade do campo de batalha", pois a facticidade da guerra moderna tornou-se realmente incompatível com a facticidade cinematográfica tal como ainda a concebemos e tal como seu público prefere. Apesar disso, Griffith obtém algumas tomadas interessantes na guerra, tendo como operador de câmera o capitão Kleinschmidt. É possível assistir a esses filmes no Imperial War Museum de Londres.

Em seguida, Griffith deixa o continente para recriar na Inglaterra batalhas que realmente se desenrolavam a poucos quilômetros de distância. Hearts of the World (1918) é rodado na planície de Salisbury.

Retornando a Hollywood, Griffith termina o filme no rancho Landsky com o orçamento reduzido, e tendo [Erich von] Stroheim como conselheiro militar. Apesar de seu roteiro banal, o filme alcança grande sucesso nos Estados Unidos e causa um forte impacto sobre a opinião pública.

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Se, no fim do século XIX, o cinema e a aviação surgem simultaneamente, é somente em 1914 que o avião deixará de ser um simples meio de transporte ou de bater recordes para tornar-se um modo de ver ou talvez o último modo de ver. Ao contrário do que se pensa, a aviação de observação encontra-se na origem da força aérea. [...] Jean Renoir, que fez parte de uma dessas esquadrilhas, pediu a Jean Gabin para que em A Grande Ilusão usasse o uniforme que ele próprio vestiu durante a guerra.

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A partir de 1919, Omer Locklear inicia em Hollywood a carreira de "stuntfly" (doublê aéreo) como na França Roland Toutin, o aviador de A Regra do Jogo, de Renoir, ou ainda o antigo piloto de guerra Howard Hawks, que, financiado por Howard Hughes, realiza em 1930 A Patrulha da Alvorada (The Dawn Patrol), baseando-se em suas recordações.

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Os cineastas que sobreviveriam ao primeiro conflito mundial evoluíram continuamente do campo de batalha à produção de cinejornais e, mais tarde, para os "filmes de arte". Dziga Vertov, que estava entre os participantes do primeiro trem de propaganda de Lênin, em 1918, declara a respeito do "olho mecânico do cineasta":

"Eu sou o olho mecânico. Eu [...] corro diante de soldados que atiram, me deito de costas, alço voo ao lado de um aeroplano, caio ou levanto voo junto aos corpos que caem ou que voam..."

Esses cineastas, que parecem "desviar" as imagens assim como os surrealistas "desviavam" a linguagem, só seriam realmente "desviados" através da guerra. No campo de batalha, eles não se transformaram em simples combatentes, pois pensavam, assim como os aviadores, que pertenciam a um tipo de elite técnica. O primeiro conflito mundial lhes revelou a tecnologia militar em ação como um último privilégio de sua arte. É interessante constatar a formidável fusão/confusão criada por esta surpresa tecnológica no conjunto da produção de vanguarda do imediato pós-guerra. Ainda que os documentários de guerra e os documentos cronofotográficos aéreos permanecessem inéditos como segredo militar ou fossem abandonados e julgados desinteressantes, principalmente nos Estados Unidos, os cineastas vão oferecer esses efeitos tecnológicos ao grande público como um espetáculo inédito, um prolongamento da guerra e de suas destruições morfológicas.

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[...] Henny Porten, vedete alemã lançada em filmes de propaganda antifranceses, que se tornaria uma das primeiras pin-ups famosas, tendo suas fotografias afixadas nos alojamentos militares de 1914.

O olhar obsceno que o conquistador militar lança sobre o corpo distante da mulher é o mesmo dirigido ao corpo territorial desertificado pela guerra, precedendo assim ao voyeurismo do diretor, que enquadra o rosto da estrela como se filmasse uma paisagem com seu relevo, lagos e vales que ele deveria iluminar com uma câmera que, segundo [Josef von] Sternberg, o inventor de Marlene Dietrich, atingia à queima-roupa (muitos dos diretores importados pelos americanos depois de 1914 participaram da guerra, principalmente nos exércitos austro-húngaros ou alemães).

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[Griffith] defrontou-se com uma nova e "intolerável" surpresa técnica no campo de batalha militar-industrial: desta vez é a câmera civil que, apesar de sua invenção recente, parece pré-histórica diante dos progressos fulminantes do equipamento militar. A fase áurea de Griffith viria a encerrar-se pouco depois da guerra, por volta de 1922. Abel Gance, grande admirador de Griffith e quatorze anos mais jovem do que este, também trabalhou para o exército durante o primeiro conflito mundial e realizou seu J'Accuse em 1917 - enquanto os soldados se concentravam no front -, beneficiando-se da figuração de combatentes feridos, reformados ou em convalescença (incluindo Blaise Cendrars entre outros). Gance dá ao cinema uma definição próxima daquela da máquina de guerra e sua fatal autonomia: "Mágico enfeitiçador, capaz de proporcionar aos espectadores, em cada fração de segundo, esta sensação desconhecida de ubiquidade em uma quarta dimensão, suprimindo o espaço e o tempo."

[...] O cinema não seria mais do que um gênero bastardo, um parente pobre da sociedade militar-industrial.

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Enquanto, depois de 1914, multiplicam-se em Hollywood os mais extravagantes movimentos de câmera, na União Soviética, Eisenstein fala da série de "explosões" que movem um filme. "O conceito de colisão, de conflito, é a expressão, na arte, da dialética marxista."

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Imediatamente surge uma indústria de massa que processa diretamente o realismo do mundo através da aceleração cinemática, um cinema fundado no desarranjo psicotrópico e na perturbação cronológica. Este novo cinema destina-se especialmente às camadas de espectadores cada vez maiores que, depois de estarem ligadas à vida sedentária, voltaram-se à mobilização militar, ao exílio da imigração, à proletarização nas novas metrópoles industriais e à revolução. Com a guerra, todo o mundo circula, até mesmo os mortos.

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Se, em 1848, Stuart Mill escreve, em seus célebres Princípios de Economia Política, que produzir é mover, a partir de 1914 o cinema se tornará uma potente indústria partindo do princípio de que mover é produzir.

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Significativamente, o star-system triunfará depois de 1914 com o novo cinema industrial, no momento em que a ilusão de ótica se confundirá não somente com a ilusão da vida, mas também com a ilusão da sobrevivência.

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Na última versão de J'Accuse, de Abel Gance, soldados mortos se levantavam e, em frente ao ossuário de Douaumont, desfilavam em meio aos vivos como aterrorizantes hologramas.

Depois de 1914, enquanto a Europa é coberta por cenotáfios e mausoléus indestrutíveis erguidos - como o próprio Douaumont - em homenagem a seus milhares de mortos, os americanos - que sofreram poucas baixas - erguem seus grandes templos de cinema, semelhantes a santuários desativados onde, segundo Paul Morand, o espectador experimenta uma sensação de fim do mundo em um ambiente de missa negra e profanação. Nos últimos anos, alguns estudos foram consagrados a estes palácios de cinema que se espalharam por todo o mundo como moda e vieram a desaparecer rapidamente nos anos sessenta, em um fenômeno que indica claramente a necessidade histórica do cinema no período entre as duas guerras mundiais.

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"Death is just a big show in itself" (A morte em si é exatamente um grande espetáculo), afirmava Samuel Lionel Rothapfel, filho de um sapateiro e ex-fuzileiro alemão que inventou a primeira sala de cinema batizada como catedral, o Roxy.

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"Eu atribuo a origem de Hollywood à Primeira Guerra Mundial", afirmava Anita Loos. A cidade-cinema da era militar-industrial (Cinecittà, Hollywood) sucede à cidade-teatro do Estado-Cidade antigo. No início, os estúdios e as salas de projeção eram construídos nos subúrbios como as antigas necrópoles, pois o teatro ainda era empiricamente reconhecido como detentor da cidadania e fonte de relações vivas, ao passo que o cinema mudo era marginal e destinava-se a uma população ainda não integrada.

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Desde que, em 1914, o cinema tem seu papel cívico evidenciado, passa a existir um regime de liberdade vigiada e instala-se um sistema de regulagem da produção cinematográfica, orientado pelos métodos de desinformação empregados na propaganda de guerra.

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Quando, depois de 1916, os Estados Unidos finalmente decidem participar da guerra, todos que trabalhavam em Hollywood foram tomados por um verdadeiro delírio patriótico, relembra Jesse Lasky. Passa-se facilmente da ficção cinematográfica à ficção da guerra em que Cecil B. de Mille é o capitão improvisado e o contingente do estúdio forma a "Lasky Home Guard". Todas as quintas-feiras à noite, a grande família do cinema desfilava pelo Hollywood Boulevar armada com fuzis cenográficos e usando uniformes retirados da seção de figurinos do estúdio. A senhora De Mille e Mary Pickford transformavam-se em belas enfermeiras e percorriam as ruas da cidade se espantando em não encontrar feridos. Na Wall Street, Fairbanks e Chaplin discursavam para imensas multidões que nem mesmo os ouvia, pois na época só se podia dispor de um simples megafone para falar em público. A ausência do som não incomodava uma multidão habituada tanto ao cinema mudo quanto ao mutismo dos chefes de Estado. Subjugada pela mímica dos atores, a multidão se separava de seus dólares em benefício do Esforço de Guerra como jamais havia feito por qualquer político.

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1904 é o ano da morte de Etienne-Jules Marey, elo essencial entre a arma automática e a fotografia instantânea. Marey foi o inventor do fuzil cronofotográfico, que precedeu à câmera dos irmãos Lumière. [...]

A partir do momento em que nos lembramos de que foi durante a Grande Guerra, trabalhando no aperfeiçoamento da telemetria de artilharia, que o professor de óptica Henri Chrétien descobriu as bases da técnica que, 36 anos mais tarde, viria a chamar-se "Cinemascope", pode-se dimensionar melhor a coerência fatal que sempre se estabelece entre as funções do olho e da arma.

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Pode-se imaginar a importância estratégica da ótica durante o primeiro conflito mundial observando que a fabricação francesa de vidros óticos (lunetas de regulagem de tiro, periscópio, telêmetro, goniômetro, objetivas fotográficas e cinematográficas etc.) passará de quarenta para 140 toneladas por ano, representando apenas a metade da produção total dos aliados.

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É a aviação que ilumina a guerra e torna os locais visíveis em um meio que continuamente confunde as armas e os explosivos de alta potência; mas estes olhos serão, antes de mais nada, os olhos das objetivas das primeiras câmeras de bordo. A realidade da paisagem de guerra torna-se cinemática, pois a partir de então tudo muda, tudo se transforma, as referências desaparecem umas após as outras, tornando inúteis os mapas do Estado-Maior e os antigos relevos topográficos. Somente o obturador da objetiva pode conservar o filme dos acontecimentos, a forma momentânea da linha de frente, as sequências de sua progressiva desintegração.


Mais:
http://www.youtube.com/watch?v=PCWkgA4ZKhE
Broken Lullaby
The Shopworn Angel
http://www.filminquiry.com/german-expressionism
Universal Horror

domingo, 27 de agosto de 2017

Religion and everyday life

CONTEMPORARY CHURCH HISTORY QUARTERLY
September 1, 2015

Review of Patrick J. Houlihan, Catholicism and the Great War: Religion and Everyday Life in Germany and Austria-Hungary, 1914-1922

(Kyle Jantzen)

Catholicism and the Great War is a transnational comparative history of everyday Catholicism. In it Patrick J. Houlihan sets out to revise the story of Roman Catholic theology and lived religion during the First World War era in both Germany (where Catholics were a minority) and Austria-Hungary (where they comprised a majority). His subjects include church leaders, military chaplains, front soldiers, women and children at home, and the papacy. And his scope is not only the war but also its immediate aftermath, which allows him to tackle the additional themes of memory and commemoration. This is an ambitious book.

Houlihan's argument is that conventional interpretations of religion in the First World War, which emphasize the secularizing effect of a shattering war experience as expressed in the voices of cultural modernists, do not capture the experiences of German and Austro-Hungarian Catholics. Rather, he asserts that Catholics adjusted to industrial warfare because their transnational faith and its practices helped them to cope relatively successfully with the upheaval and brutality of war - more successfully than Protestants, whose faith (in the case of Germany) was more closely tied to the defeated state.

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Methodologically, Houlihan eschews quantitative or institutional history, embracing a transnational approach to his subject, which fits well with the internationalism of Roman Catholicism and enables him to avoid the trap of viewing Christian religion only in terms of its instrumental service to national movements and state interests. He also pursues a comparative methodology, highlighting differences between the experiences of German and Austro-Hungarian Catholics, though often distinctions are blurred as examples are drawn freely from both regions. Still, it is worth noting that Houlihan finds Austro-Hungarian Catholicism to have been a vital component in maintaining imperial loyalty and social cohesion, problematizing commonly-held assumptions about the inevitable demise of the Habsburg Empire. Finally, Houlihan also attempts to incorporate elements of the history of everyday life of Central European Catholics, and to blur boundaries between battlefront and homefront, creating what he calls a "family" history of Catholicism in the First World War.

All of these streams of interpretation are worked out in a series of chapters on Catholicism before the war, Catholic theology during the First World War, the role of Catholic military chaplains, the experiences of Catholic soldiers, the circumstances of Catholic women and children at home, the influence of the papacy, and memory and mourning among Catholics after 1918.

Leading up to the war, Catholics in Austria-Hungary were overwhelmingly rural, living in traditional local communities of belief. At the same time, however, new imagined communities were emerging in Central Europe, thanks to the various national movements which were often connected to Catholicism. German Catholics, on the other hand, were influenced most powerfully by the legacy of the Kulturkampf, which drove Catholics into a defensive posture, as demonstrated by Catholic political and labour movements. But for most Catholics in Central Europe, the outbreak of war in 1914 was seen mainly as yet another trial to be endured, and as a threat to the coming harvest.

Once the war had begun, German and Austrian bishops were prominent public advocates of just-war theology. For German Catholic leaders, war was a patriotic test of faith. For Austro-Hungarian bishops, it was a call to defend Habsburg dynastic honour and therefore the divine order as they understood it. Military chaplains played a significant role in mediating this theology to ordinary participants, not least by praying for divine blessings on military weapons. As the war dragged on, though, public theology began to emphasize the war as a punishment for aspects of modernity that had drawn Europeans away from God and the Church. And after defeat in 1918, Catholics in former Habsburg lands found themselves reimagining themselves at the dawn of a new day of freedom and opportunity - at least those from minority groups formed into new nation states, such as Czechs, Slovaks, Croats, Poles, and Slovenes. While the "new theologies" of Max Scheler, Romano Guardini, and Karl Adam would bear fruit only later in the 1960s, other "everyday theologies" were also emerging: positively, the rise of a feminine form of Catholicism.

Military chaplains - of which there were 1441 in the Prussian Army and 3077 among the Habsburg forces - provided pastoral care among Catholic troops. This they did more effectively in Austria-Hungary than in Germany, according to Houlihan, who uses a case study of Tyrolean Catholics to support this point. Still, all chaplains were overwhelmed by the magnitude of industrial warfare. Houlihan notes that Catholic chaplains enjoyed better reputations than their Protestant counterparts, since they tended to serve closer to the front lines. In one of the best sections in the book, Houlihan explains how chaplains used the three sacraments of communion, confession, and extreme unction to minister to their troops. On the Western Front especially, the cramped quarters of static trench lines made holding a full Mass a rare event. In the end, Houlihan argues that 1916 was a watershed year. Triumphalist "God-with-us" pronouncements gave way increasingly to private doubts about God's support in war and public reassurances of Christian hope and perseverance in times of suffering.

Among front line soldiers, Houlihan argues that Catholic religion served them better than has often been assumed, in light of the prominent modernist literature of authors like Jaroslav Hašek, Robert Graves or Erich Maria Remarque. Rather, Catholicism was surprisingly resilient in modern conflict, as ordinary soldiers coped with their circumstances by means of a mix of transnational Church institutions, sacramental practices, correspondence with home, superstition (including amulets, talismans, and letters of protection), and popular piety focused on saintly and Marian intercession.

On "the unquiet homefront," Catholic women and children both suffered and benefitted from the war. Wartime disrupted traditional gender roles. Though public roles for women included war relief, nursing, and industry increased markedly, Houlihan argues that Catholic women in rural Central Europe tended to embrace more conservative, traditional roles. Just as the Virgin Mary was a powerful symbol for frontline soldiers, so too was Mary was a powerful symbol for Catholic women, either in her virginity or her motherhood. Above all, the home front was a nostalgic ideal of piety and peace. Family networks provided comfort - both for soldiers at the front and their wives and family members left at home. And although the First World War opened up new public opportunities for women, Houlihan finds that most rural Catholic women remained focused on local and domestic concerns and traditional religious practices.

Stepping back from the history of everyday religion, Houlihan argues that the Holy See remained fairly impartial during the early years of the war, "nearly bankrupting itself through its devotion to its caritas network of care, especially for POWs, displaced persons, and children". Pope Benedict XV forecast a bloody, brutal war, but argued that the bonds of common humanity and the institutions of the Roman Catholic Church could serve as a force for peace and unity. To that end, his Papal Peace Note of August 1917 called upon the belligerents to embrace peace and civilization. Benedict also oversaw a major revision of Canon Law (1917) designed to strengthen papal power and reinvigorate the Church. Lastly - and here Houlihan returns to his ordinary Catholics - Benedict was important as a symbol. Indeed, many ordinary Catholics wrote to him, hoping he could personally intervene on their behalf or bring peace and reconciliation to a war-torn world.

In his final chapter, Houlihan carries his examination of German and Austro-Hungarian Catholicism into the postwar era, arguing that traditional religious imagery helped Europeans make sense of the war. Themes of collective sacrifice, deference to authority, and universal suffering, grief, and consolation were manifest in monuments and commemorative services, as they had been in the Mass in Time of War. Clergy played an important pastoral role in comforting families of fallen soldiers, just as relics, votive tablets, and other physical objects of memorialization honoured the war dead.

As wide-ranging and as steeped in the secondary literature as Houlihan's book is, it suffers from a significant lack of primary source evidence. [...] Repeatedly, Houlihan makes large generalizations based on scant evidence, as in the case of his assertion that Catholics were worried about the impact of the outbreak of war on the coming harvest. [...] a single photo of a church service in Weimar Germany along with two references to secondary sources serves to counter the prevailing historiographical view of declining public piety after the First World War.



Fonte:
http://contemporarychurchhistory.org/2015/09/review-catholicism-and-the-great-war

Mais:
http://www.youtube.com/watch?v=HfYuOxUWyC0
http://www.storiain.net/storia/benedetto-xv-pontefice-in-un-mondo-in-crisi
http://www.persee.fr/docAsPDF/rhef_0300-9505_2000_num_86_217_1431.pdf
http://dc.etsu.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=2237&context=etd
http://mospat.ru/en/2014/09/01/news107300
http://www.outsidethebeltway.com/islam-and-world-war-one
http://www.myjewishlearning.com/article/wwi-and-the-jews

domingo, 20 de agosto de 2017

Homens em guerra

Trechos de 'Batismo De Fogo', um dos contos de Homens Em Guerra (1917), de Andreas Latzko.


A companhia descansou por meia hora na divisa do bosque. Então o capitão Marschner deu o comando para começar. Estava pálido, apesar do calor mortal, e desviou os olhos quando deu instruções ao tenente Weixler de que, em dez minutos, todos os homens deveriam estar prontos para a marcha, sem falhas.

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Logo no início, quando estava a poucos quilômetros da fronteira russa, o tifo o pegou antes que ele tivesse disparado um tiro sequer. Agora, afinal, ele iria encarar o inimigo!

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E agora ele iria conduzir rumo ao fogo e aos estilhaços homens que ele próprio treinou para serem soldados e ter sob sua vigilância por meses, homens que ele conhecia como a seus próprios bolsos. [...] Apenas dois dias antes ele tinha-os visto cercados pelos filhos pequenos, dizendo adeus a esposas que soluçavam.

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Esses homens tristes e silenciosos, que haviam sido tão cruelmente arrancados de suas vidas, eram cada um deles muito mais para ele do que um mero rifle para ser mandado para a oficina se quebrado, ou para ser descartado de forma indiferente se esmagado além de reparação. Qualquer um que tivesse olhado a vida de todos os lados e refletido sobre ela não poderia se transformar tão facilmente em um simples soldado, como seu tenente, que ainda não fora humanizado, nem vira o mundo sob qualquer ponto de vista, exceto o da escola militar e dos quartéis.

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Para esses pobres diabos agora a guerra não tinha mais segredos. Cada um deles já havia perdido algum parente ou amigo. Cada um tinha conversado com homens feridos, visto inválidos mutilados e distorcidos, e sabia mais sobre ferimentos de bombas, granadas de gás e fogo líquido que os generais de artilharia ou os médicos de apoio tinham conhecido antes da guerra.

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O próprio capitão deles, com as três estrelas douradas em sua gola, garantiu-lhes que era seu dever e uma ação muito louvável bombardear pedreiros italianos, engenheiros e agricultores até reduzi-los a fragmentos.

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O sol batia abaixo de maneira homicida no declive íngreme e sem árvores. O som de bombas explodindo à distância, do tamborilar de metralhadoras e da artilharia de seu próprio lado rugindo agora se misturava com o som de tiros zunindo pelo ar e aproximando-se cada vez mais. E o topo da colina ainda não tinha sido alcançado!

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"Vocês estão indo para o lado mais engrossado desta sórdida confusão. Há três dias que os italianos vêm tentando romper as defesas naquele ponto."

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De repente, ele parou. No barulho, o estrondo, a explosão de artilharia saltou para um novo tom. Ele ficou claramente acima do resto do ruído, que quase tinha cessado para penetrar a consciência. Aproximou-se com um som estridente, com tal indescritível rapidez, com uma ameaça tão feroz, que o som parecia visível, como se você pudesse realmente ver um semicírculo que gritava a subir no ar, devorando seu caminho até a testa de alguém, e estalar com uma pancada curta e dura, como uma chicotada. A poucos metros de distância, um pequeno turbilhão de poeira adensava-se, e uma saraiva de pedras invisíveis caía sobre a grama.

Era o shrapnel!

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Uma carga de quatro shrapnels zuniu no meio de sua sentença. Os gritos pareciam ter crescido mais alto, mais penetrantes. O capitão sentiu como se uma foice monstruosa e reluzente estivesse deslizando em uma curva íngreme diretamente em seu crânio. Mas desta vez ele não se atreveu a mover uma pestana. Seus membros se contraíram e ficaram tensos, como na cadeira do dentista quando a pinça aperta o dente. Ao mesmo tempo, ele examinou de perto o rosto do tenente, curioso para ver como ele estava lidando com o fogo que tanto desejara. Mas ele parecia não estar percebendo minimamente os shrapnels. Ele estava esticando o pescoço para inspecionar a ala esquerda.

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O ferido estava deitado de costas. Seu cabelo vermelho flamejante emoldurava um rosto cinza esverdeado e fantasmagórico em sua rigidez. Poucos minutos antes o capitão Marschner tinha visto o homem ainda correndo - o mesmo rosto ainda cheio de vitalidade - de calor e excitação. Seus joelhos cederam. A visão dessa mudança, tão incompreensível em sua aparição súbita, agarrou seus sinais vitais como uma mão gelada. Era possível? Poderia todo o sangue da vida retroceder em um piscar de olhos, e um homem forte, robusto desmoronar em ruínas em alguns momentos? Que poderes do inferno dormiam em tais pedaços de ferro que entre duas respirações poderiam realizar o trabalho de muitos meses de doença?

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"Dói, Capitão, dói tanto!" - veio daquele peito quebrado. Para o capitão isso soava como uma censura. Depois de um breve som de dor, ele gritou novamente, espumando pela boca e com um grito agudo de raiva: "Dói!"

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Abaixo, o campo de batalha se estendia para longe, tristemente cinza. Nenhuma árvore, nenhum trecho de verde. Um resíduo pedregoso - cortado acima, esmagado, escavado para fora, nenhum sinal de vida. As trincheiras de comunicação, que começavam no fundo do vale e iam até a beira da colina, de onde os emaranhados de fios projetavam-se, parecendo dedos estendidos para agarrar algo e cravando profundamente a terra estrangulada. Marschner voltou a olhar ao redor involuntariamente. Atrás dele, a encosta verde descia abruptamente até o pequeno bosque onde o equipamento tinha sido deixado. Mais atrás, a estrada branca brilhava como um rio emoldurado em prados coloridos. Uma curva curta - e o verde desaparecia! Toda a vida sucumbia, como se derrubada pelo rugido dos canhões, pelos uivos e golpes que martelavam no vale como o pulsar de uma febre colossal. Uma cratera atrás da outra fumegava lá embaixo. De vez em quando, espessos e negros pilares de terra se erguiam e, por momentos, escondiam pequenas partes deste deserto carbonizado, onde os tocos de árvores, cortados como por canivetes, erguiam-se como um desafio zombador à imaginação impotente. Um desafio a reconhecer, neste campo de morte e entulho, a paisagem que havia sido, antes que a grande loucura a tivesse varrido e semeado de ruínas, deixando-a como uma pista de dança em que dois grupos tinham brigado por uma mulher dissoluta.

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O capitão viu-os apressados, viu as nuvens das explosões se multiplicarem acima de suas cabeças, e na encosta diante dele viu fardos azul-esverdeados espalhados aqui e ali, como mochilas deixadas pelo caminho, algumas imóveis, algumas espasmódicas como grandes aranhas - e ele correu.

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Ele viu os traços de poças de sangue a seus pés e pisou em pedaços de uniformes esfarrapados e encharcados de sangue, em conchas vazias, sacudindo latas de conserva, fragmentos de balas de canhão. As crateras dos bombardeios abriam-se de repente, com tábuas semicarbonizadas servindo precariamente como pontes.

Em todos os lugares viam-se os traços de furiosa devastação, restos enegrecidos de uma imensidão de fios, vigas, sacos, ferramentas quebradas, uma desordem que tirava o fôlego e deixava qualquer um desorientado - todos mergulhados no fedor sufocante da combustão, fumaça de pólvora, a respiração mordaz e pungente das bombas de ecrasite. Onde quer que se pisasse, a terra havia sido dilacerada por gigantescas explosões, remendada laboriosamente, mais uma vez rasgada até as próprias entranhas, e nivelada uma segunda vez, de modo que um sujeito cambaleava inconsciente, como num furacão.

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Entrando na trincheira, ele viu uma pilha de uniformes sujos e esfarrapados amontoados em camadas e com estranhos contornos rígidos. Levou algum tempo para que compreendesse o horror total daquilo que se erguia diante dele. Soldados caídos estavam deitados ali como troncos recolhidos, nas formas contorcidas da última agonia da morte. Abriram-se tendas sobre eles, mas haviam escorregado e revelado as caricaturas sombrias, cinzentas e pedregosas, as mandíbulas caídas, os olhos fixos. Os braços daqueles que estavam no topo ficavam pendurados na direção do chão, como partes de uma treliça e agarrados aos rostos dos que se encontravam abaixo, e já estavam marcados pelas manchas lívidas de decomposição.

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"Você sabe quantos cartuchos de munição ainda me restam? Metralhadoras? Telefone? - Esmagado desde ontem à noite! Enviar um grupo para consertá-lo? Impossível! Precisamos de cada homem na trincheira. Nós éramos cento e sessenta e quatro no início. Agora eu tenho trinta e um, onze deles tão feridos que não podem segurar um rifle. Trinta e um companheiros para manter a trincheira. Na noite passada estavam lá ainda quarenta e cinco de nós quando eles atacaram. Nós os mandamos para o inferno, é claro, mas perdemos quatorze dos nossos homens. Nós ainda não tivemos a chance de enterrá-los. Você não os viu caídos lá fora?"

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Ele apoiou os cotovelos na primitiva mesa, segurou a cabeça entre as mãos e ficou em silêncio. Seus olhos vagaram pela cova escura e mofada, cheia do fedor de uma pequena lâmpada de querosene. Ele viu palha moída no canto, o telefone desconectado na entrada, uma caixa vazia de comida enlatada sobre a qual um mapa amassado estava largado. Ele viu um amontoado de rifles, fardos de uniformes, cada um marcado. E ele sentiu como, pouco a pouco, um horror mudo e gelado surgiu dentro dele e paralisou sua respiração, como se a terra acima, sustentada apenas por um fino andaime de tábuas rachadas e ameaçando cair a qualquer momento, já tivesse sucumbido a seu peso intolerável. E aquele fantasma, aquele sorridente retrato da morte, que apenas uma semana antes talvez ainda fosse jovem, afetou-o como um pesadelo. E o pensamento de que agora tinha chegado a sua vez de ficar naquela abóbada sepulcral por cinco ou seis dias ou uma semana, e experimentar os mesmos horrores dos quais o homem estava falando aos risos, intensificou seu desânimo em uma indignação apaixonada e palpitante que ele mal podia continuar a controlar. [...] Tudo o que ele viu foi aquele buraco na terra, aqueles cadáveres apodrecendo lá fora, e nas proximidades, mas um passo afastada de toda aquela loucura, sua própria Viena, como ele a deixara apenas dois dias antes, com seus trilhos de bondes, suas vitrines, suas pessoas sorridentes e seus teatros iluminados.

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Havia uma indiferença sobre esses cadáveres, uma solidão, um isolamento acerca de seus pés descalços. Uma emaranhada rede de lembranças surgiu, uma multidão de rostos fugazes cintilava na alma do capitão - gondoleiros de Veneza, motoristas volúveis, a esposa de um desdentado dono de pousada em Posillipo. Duas viagens em férias na Itália trouxeram um exército de figuras pesarosas através de sua mente.

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Às vezes desapareciam inteiramente e então saltavam alto, e se aproximavam, seus rifles contorcendo-se no ar como os tentáculos de um pólipo. Gradualmente, seus gritos tornavam-se audíveis e cada vez mais altos, como o latido de cães. Quando eles diziam "Avanti!" era com um grito penetrante, e quando o chamado "Coraggio!" passava por suas linhas, transformavam-se em um estrondoso rolo compressor.

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Ele ouviu o tiroteio infernal que os italianos estavam dirigindo novamente à trincheira, e avançou lentamente como um homem a passear.

"Estão jogando minas pesadas em nós, capitão" - anunciou o velho cabo, olhando desesperado para Marschner. Mas Marschner permaneceu impassível. Tudo aquilo já não lhe importava.

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O capitão tinha que ver! Ele direcionou a cabeça para mais longe, embaixo do montículo - e soltou um grito rouco, um grito de horror infinito. O miserável homem estava arrastando atrás dele suas próprias entranhas!

"Weixler!" - exclamou ele com um arrepio de compaixão.


Mais:
http://carambaia.com.br/homens-em-guerra
http://modoabstrato.com/2015/11/30/resenha-de-livro-homens-em-guerra

domingo, 13 de agosto de 2017

Chandler

Trechos de Raymond Chandler: Uma Vida (2012), de Tom Williams.


Ray sempre olhou para sua temporada na Alemanha com afeto, mas, ainda em 1906, podia sentir os prenúncios da guerra:

Eu gostei bastante dos alemães, isto é, dos alemães do sul. Mas não havia muito sentido em viver na Alemanha, já que era um segredo aberto, amplamente discutido, que nós entraríamos em guerra com eles a qualquer momento. Suponho que aquela era a mais inevitável das guerras. Não havia dúvida de que aquilo fosse acontecer. A única questão era quando. [carta a Hamish Hamilton, 11 de dezembro de 1950]

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Os Lloyd continuaram a encorajar Ray dizendo que seu sonho de se tornar escritor estava ao alcance. Ele costumava rascunhar poemas e, em 14 de junho de 1914, "na estrada entre Hollywood e Burbank", Ray, Estelle e Warren Lloyd escreveram um poema juntos. Era chamado "To-morrow" [Amanhã] e, talvez como sua audiência, era apropriadamente otimista. "Amanhã", sempre fora do alcance, era o dia em que tudo sairia bem [...]

Exatamente duas semanas depois de tê-lo escrito, Gavrilo Princip assassinou a tiros o arquiduque Francisco Ferdinando, herdeiro do trono do Império Austro-Húngaro. Aquele evento balançou o mundo todo. [...]

Esses eventos internacionais chegaram até o ensolarado sul da Califórnia. Apesar de os Estados Unidos não terem entrado na guerra até 1917, os Otimistas, com suas conexões europeias, foram imediatamente afetados. Ray, que havia visitado e amado o sul da Alemanha, sabia que muitos dos antigos garotos do Dulwich haveriam se alistado para lutar. Patriotismo era um princípio básico na educação do Dulwich. Ex-alunos do Dulwich College que haviam morrido no campo de batalha eram venerados no colégio e motivo de grande orgulho. Ray pode muito bem ter compartilhado a vontade de lutar de seus colegas. Na casa dos Lloyd, pouco mais pode ter sido conversado além da guerra. Alma Lloyd, em particular, tinha sua lealdade dividida - sua mãe era alemã, e seu pai francês. (Na verdade, ele era da Alsácia, um território pelo qual França e Alemanha lutaram muitas vezes, e que mudou de mãos outras tantas.) Eles estavam bastante cientes da situação na Europa, que se deteriorava constantemente, até que, no final de agosto de 1914, 75 mil franceses foram assassinados. As primeiras nuvens negras surgiram sobre a atmosfera ensolarada do otimismo e exploração intelectual.

Mas a vida continuou. Em dado momento, os Chandler tomaram a decisão de se mudar da casa dos Lloyd. Alugaram uma casa em Bunker Hill, relativamente perto de Angel's Flight, no topo do pequeno trilho funicular que levava os residentes para o centro de Los Angeles.

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Em fevereiro de 1917, a Alemanha mudou as regras de combate de seus submarinos U-Boot. [...] a Alemanha estava passando fome, e culpou os britânicos pela sua falta de comida. Queriam demonstrar que também podiam infligir grande dano, e começaram a afundar navios mercantes sem aviso prévio, sem emergir e sem permitir que seus passageiros desembarcassem. O efeito não foi o que o alto comando alemão esperava: a Inglaterra resistiu, e os Estados Unidos foram estimulados a aderir à guerra.

No começo de junho de 1917, o governo norte-americano começou a arregimentar todos os homens com idade entre 21 e 31 anos, num esforço para fortalecer seu Exército antes de se deslocar para a Europa e se juntar ao já então conflito global. Ray tinha 28 anos, se deparava com a possibilidade de ser enviado à luta e se preocupava tanto com sua mãe quanto consigo. Quem cuidaria dela enquanto ele estivesse longe? O que aconteceria com ela se ele fosse morto? Mais tarde, diria a amigos que tentou se alistar nas forças armadas norte-americanas, mas que não foi aceito por conta de sua visão ruim. Era mentira. Ray não se alistou porque não ousava deixar Florence. Quando o Comitê de Alistamento o chamou, ele explicou que tinha um dependente que não podia trabalhar, e foi dispensado. Também poderia ter argumentado que não podia se juntar ao Exército dos Estados Unidos, por ser cidadão britânico, mas, em seu cartão de alistamento, declarou ter solicitado a cidadania norte-americana.

Mas Ray não era covarde; sua preocupação principal era Florence. O Exército dos Estados Unidos não a sustentaria se Ray fosse à guerra, então ele começou a buscar outras opções. Ele claramente desejava lutar, e descobriu que o Exército do Canadá oferecia um abono para dependentes de soldados. Em agosto, os Chandler voltaram para Los Angeles, mudando-se para uma casa no número 127 da South Vendome Street.

O formulário de Ray revela um fato particularmente interessante: no item "Setor ou ocupação", ele se descreve como jornalista. Apesar de trabalhar com contabilidade desde sua chegada a Los Angeles, ele não se identificava como tal, não de coração. No entanto, os canadenses não estavam interessados em sua carreira. Eles o designaram para o Quinquagésimo Regimento da Canadian Expeditionary Force (CEF) e o despacharam para Victoria, cidade canadense ao noroeste do Pacífico, para treinamento inicial.

Incomum para um homem com sua educação, Ray foi designado soldado. Considerando sua frustração ao ser obrigado a tirar o boné para seus superiores no serviço público, é possível que ele tenha se ressentido com essa função modesta. Felizmente, Gordon estava próximo para dar apoio. Ambos se encaixavam bem no Exército do Canadá porque, diferentemente do Exército dos Estados Unidos, ele estava repleto de soldados de outros países. F. A. McKenzie, um correspondente de jornal junto ao CEF, descreveu o Exército canadense como sendo "tão cosmopolita como o próprio Canadá".

Uma foto tirada nessa época mostra Ray vestindo o kilt cáqui e a Tam o'Shanter, a boina dos Gordon Highlanders, ao qual o Quinquagésimo Regimento canadense estava ligado. Seu sorriso irônico sugere certa diversão com aquela vestimenta. A guerra deve ter parecido, naquele momento, como um "fantasiar-se" não muito real. Mas estava prestes a se tornar bastante real.

[...] Ele partiu para o front em 16 de março de 1918.

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Ray chegou à linha de frente a apenas alguns dias da grande ofensiva alemã. Naquele momento, ele havia sido incorporado ao Sétimo Batalhão, parte da Primeira Divisão do CEF. Estavam baseados no front de Lens, protegendo as últimas minas de carvão acessíveis e vários centros de comunicação do norte da França. Ray tinha boas lembranças da França de sua juventude, mas o país ao qual ele chegou não era aquele que ele conhecia. A França havia sido marcada pela batalha, devastada e com detritos da guerra espalhados. Sua chegada coincidiu com um clima excepcionalmente favorável, e ele provavelmente se viu envolvido na construção de duzentas posições para metralhadoras em túneis, ou a colocação de 480 quilômetros de arame farpado para proteger a linha.

Quando o ataque chegou, em 21 de março, os canadenses respiraram aliviados: os alemães atacaram o Terceiro e o Quinto Exércitos ao sul das linhas da CEF. Ainda assim, estavam longe de estar a salvo, e o marechal de campo Haig ordenou-lhes a ocupar as posições reservas para assumirem onde as batalhas estivessem mais ferozes e houvesse mais em jogo. Em 23 de março, a Primeira Divisão foi colocada na reserva do Primeiro Exército e, em 27 de março, se movimenta novamente, dessa vez para a reserva do Terceiro Exército. Foi por essa série de movimentos que Ray encontrou-se atrás das linhas, ao sul de Arras, com seu batalhão posicionado nos dois lados da estrada Arras-Cambrai.

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Ray e seus colegas recrutas do Sétimo tiveram que se acostumar a lutar ao lado de tanques.

Quando chegou abril, os alemães perceberam que estavam acima do seu limite, e as esperanças de uma vitória decisiva começaram a desmoronar. A Primeira Divisão foi reenviada da posição reserva para a linha de frente em Scarpe, onde deu alívio à Quarta Divisão britânica em 8 de abril. No dia seguinte, os alemães lançaram uma segunda ofensiva maciça em Flandres, novamente sem atacar a linha canadense; mas, seu sucesso no sul e no norte piorou a posição do Exército Canadense. Essa foi a primeira experiência concreta de Ray na linha de frente e, apesar de ter tido sorte em escapar dos combates mais violentos, viu-se em meio à violência e ao perigo. À medida que a situação em Flandres se intensificava, os canadenses eram deixados em uma perigosa posição que se projetava sobre o território alemão. A única maneira de sobreviverem, de acordo com o comandante, tenente-general Sir Arthur Currie, era tomando uma atitude agressiva.

Ray e seus camaradas atacaram as trincheiras alemãs em incursões e testemunharam bombardeios de artilharia e ataques de gás. Ele viria a descrever suas experiências em um exercício de escrita descritiva, The Trench Raid [O Ataque à Trincheira], nos anos 1930. Retratou as trincheiras infestadas de ratos por vezes com defesas ad hoc - lençóis sujos bloqueando as saídas das trincheiras, que ofereciam pouca proteção ao gás alemão:

O bombardeio soou mais pesado do que o normal. A vela que ficava sobre seu chapéu de lata estremecera por algo mais do que um golpe de ar. Os ratos detrás do forro do bunker estavam imóveis. Mas um homem cansado podia continuar dormindo. O céu, que o calendário indicava que teria lua cheia, estava branco e ofuscante com inúmeras luzes de sinalizadores, branco e claro e doente como um mundo de leprosos. A ponta do paradorso, irregular com a terra de uma faxina recente, cortava essa brancura como uma linha de camelos loucos contra um nascer da lua idiótico num pesadelo.

O batalhão de Ray ficou no front por um mês, retornando para trás das linhas em maio, mas o impacto desse curto período sobre ele foi grande. O barulho interminável e a ansiedade constante de sobreviver ao dia, ou mesmo à hora, são inimagináveis para aqueles que não passaram por isso. Ele descreveu a completa exaustão por escutar bombas:

Ele começou a se concentrar nos projéteis. Sempre se concentre nos projéteis. Se você os ouvir não será atingido. Com cuidado meticuloso, ele consegue identificar aqueles que chegariam perto o bastante para serem considerados uma possível introdução à imortalidade. Esses ele escutava com um tipo de paixão fria e exausta até que o enfraquecimento dos gritos lhe dissesse que haviam ido para as linhas de apoio.

A expressão "paixão exausta" revela o puro terror da situação. A paixão por sobreviver, misturada com a exaustão da monotonia diária de tudo aquilo - as mesmas reações "lutar ou fugir" aos mesmos eventos, repetidamente.

Por fim, Ray foi promovido a sargento e colocado no comando de um pelotão para liderar seus homens na batalha e incorporar a "atitude agressiva" do tenente-general Currie. Apesar de tomar parte em frequentes incursões, ele posteriormente afirmaria que não teria sentido medo:

Como comandante de pelotão muitos anos atrás, eu nunca senti medo, e ainda assim tive medo dos riscos mais insignificantes. Se você tivesse que exagerar de alguma forma, tudo o que você parecia pensar era tentar manter os homens espalhados, para reduzir as baixas. Sempre foi muito difícil, especialmente se você tinha substitutos ou homens que haviam sido feridos. É humano querer se agrupar por companheirismo sob fogo pesado.

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Precisamos levar em consideração sua tendência à automitificação. Na verdade, algumas de suas histórias de guerra são sabidamente discutíveis. Ele escreveu uma vez:

Aprendi por conta própria que na Primeira Guerra Mundial, durante a retirada final da Alemanha da linha de Hindenburg, a equipe das metralhadoras deixada para trás para segurar o avanço o máximo possível era quase sempre baionetada até o último homem, mesmo que saíssem de seus buracos e tentassem se render.

Mas Ray não era parte da investida dos Aliados no final do verão de 1918; ele havia saído para se juntar à Royal Air Force (RAF).

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O que não quer dizer, entretanto, que ele não tenha testemunhado algumas coisas terríveis. O que viu o afetou tanto física quanto mentalmente. Uma foto, tirada durante seu treinamento na RAF, mostra um Ray pálido e esquelético, um fantasma ambulante. Seu marcante sorriso irônico, familiar em fotografias anteriores, perdera energia. Mais tarde, ele escreveria: "Uma vez que você liderou um pelotão para um tiroteio direto com metralhadora, nada mais é o mesmo novamente."

Em 1918, ele já bebia, apesar de não estar claro se o fazia nas trincheiras. Álcool era amplamente disponível, e muitos homens recorriam a ele para acalmar os nervos. Ray escreveu:

Quando eu era jovem na RAF, ficava tão embriagado que tinha que me arrastar para a cama com minhas mãos e joelhos, e às 7h30 da manhã seguinte eu estaria tão alegre quanto um pardal, e clamando pelo meu café da manhã. Não é a melhor das dádivas. [carta a Louise Loughner, não datada, provavelmente de maio de 1955]

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O treinamento era perigoso e, dos 14.166 pilotos que morreram na Primeira Guerra Mundial, mais da metade foi morta durante o treinamento. Ray foi longe o bastante para ser capaz de pilotar competentemente uma aeronave. [...]

Em novembro de 1918, veio o armistício e a guerra acabou. O treinamento de Ray foi interrompido e ele retornou ao Canadá, onde foi dispensado em fevereiro de 1919. Não é claro o que ele fez logo em seguida, mas parece que retornou a Los Angeles.


Mais:
http://docs.google.com/file/d/0BxwrrqPyqsnIT0RkWHlrTm9NZ2s

domingo, 6 de agosto de 2017

Life in the tomb

Trechos de Life In The Tomb (1923-4, 1930), de Stratis Myrivilis.


Hurrah! We've finally stopped, thank God. We've reached the trench. That means an end and at the same time a beginning - an end to that agonized, wretched life of incessant marches, a beginning to trench-life, something we are tasting for the very first time. There were days when I said to myself, "Good God, this walking will never cease. I'll grow old, always walking, and will stop only when it's time for me to die."

Tired of being separated from you, I have decided to send you my impressions of this new life. I shall write every now and then, whenever I have the time (and the heart), as a way of conversing with you. To know that someone dear is nearby - a person who understands and who offers communion - is so very comforting, especially when one is participating in life's most critical moments. Such a person hears your thoughts, inwardly, even though he may imagine he is not listening to them at all. You must have observed this sometime. A woman is sitting somewhere with her beloved, sitting with this dear person in a cozy little room, only the two of them present, and nothing else except a few good books, one or two paintings on the walls, a lamp awaiting the night with thumping heart, an inkstand (what an important object that is!), and the chairs in a circle, filled with patience. Neither of them speaks. Each is engrossed in his own thoughts or perhaps is not thinking any conscious thoughts at all. That is the golden moment, because their souls, as free now as two swallows, escape, meet the boundless Oversoul of the cosmos, and disappear, fraternally absorbed inside it. Most often, however, each of the souls converses with its own silence. Yet notice how indispensable to this "conversation" is the very special companion who sits close at hand without speaking, or who now and then utters a few words about current events, words which constitute his rationality's paltry attempt to justify the sweet-voiced silence. As he sits there tacitly, he is an unsuspecting auditor of the other's unvoiced soliloquy. But as soon as he decides to rise and leave his lady's side, everything is finished; ended. She finds it beyond the limits of possibility to continue her silent, inward communing with the depths of her being. Sometimes the lady is the first to rise after one of these joint silences. Not a word has been exchanged the entire time, yet when she gets up to leave, smiling at her friend, at that same moment both feel their souls fuller and riper, brimming with strength and freedom - because many many truths have grazed them gently with their wings, like rosy butterflies.

Something similar is happening to me, making me wish to address my thoughts to you. Despite your silence, I assume that you are here, somewhere close to me. At such times I devote myself body and soul to my soliloquy, which your absence fills with presence.

When God sees fit to end this war, some day we shall sit down together, side by side, and leaf through these unworthy pages. The long winter nights will have already begun, and the passers-by will be walking with hurried steps. We shall only hear them tread the cobblestones, but shall know nevertheless that their hands are thrust deep into their overcoat pockets, their hats pulled down ridiculously over their skulls until they reach the eyebrow, and their contracted shoulders raised as high as possible toward their ears. Your green shutters will be firmly latched, the fragrance of ripe fruit will saturate the room's atmosphere, and I shall be lounging lazily in the armchair in front of that gigantic copper brazier from Constantinople. I'll fill my pipe and light it; I'll stir up the coals, poking the bronze tongs into their burning core which resembles dark cherry-colored velvet; and I'll watch you as you sit at the walnut table beneath the circle of light thrown by the green lampshade, reading from these copybooks in your full, clear voice. I shall hear its boyish timbre and imagine that I am listening to a gurgling vein of water which flows exclusively for me in the depths of the earth. Exclusively for me - and not a soul shall divine my secret bliss. We shall be married then, and shall have a home of our own. We'll choose our furniture together, making certain that it is simple and sturdy, so that we can love it. (You cannot imagine, dearest, how unpleasant it is to be companioned by the kind of furniture which stands there putting on such airs that you cannot get along with it.) You will love our furniture, and you will also love this notebook, because as I write in it I am thinking of you constantly.

Dearest, during this very unusual time when my life is so near to death and my hands are so far from yours...

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It was night when we entered Monastir and night when we left. The streets of this large Serbian town are unlIghted, the houses dark, with no lamps glowing in their windows. The inhabitants - the town is populated by Greeks - walk about furtively, like burglars; they converse in whispers, quiver with fear when they gaze at the sky, and dwell below ground level in their basements, or in holes dug beneath their houses. Such holes are called abris by our French allies; that is, dugouts. (We first learned this word here, but without comprehending the full horror of its meaning. That was to come later.) We used a large public square as a temporary halting-place and went out from there to get our bearings. This city is directly in the battle zone. The French, who acted as our guides, showed us shell-damaged bulldogs which looked as though they had been struck by lightning. They also pointed out some houses that had been burned by incendiaries, a type of projectile which spews forth an inflammatory material that ignites piece by piece, each piece then hopping somewhere else and exploding anew, thereby spreading the conflagration over a large area. This burning rainfall (which cannot be extinguished by water) works incurable havoc wherever it lands.

I saw a once-lovely street overflowing with silence and moonlight. On either side: an endless row of burned-out buildings with smoke-blackened walls uplifted toward the sombre blue sky. The moonlight marched in and out unhindered, passing through the empty window-frames, slipping behind gaping balcony-doors, and filling the houses with the silent barrenness of death. They were just skeletons - bare, flesh less bones of monstrous carcasses - these buildings which once upon a time must have been jubilant dwelling-places. Killed by war.

The population here got wind instantly of the arrival of fellow Greeks. This was remarkable, considering that our uniforms helmets - all our belongings - were French, and that we entered the town on the Q.T. But they darted out of their subterranean holes like mice and swarmed around us - men, women and children (but mostly women and children), all with gasmasks hanging around their necks - they wear these masks night and day as protection against gas. They kissed our hands, caressed our rifles, patted our helmets, buttoned and unbuttoned our greatcoats - and wept calmly, silently, beneath the moonlight. "Can it be true? Are you really Greeks? Greeks from Greece? Our brothers?"

"Naturally! What did you expect?"

They explained that during all the years of slavery they had been waiting for us, dreaming about us, invoking us in their songs and worshipping us, without ever knowing who we were. "And now here you are at last, at our sides. May Christ and the Virgin watch over you! And please, brethren, never let us fall into the hands of the Serbs again. They've oppressed us horribly, just because we are Greek."

One old man told me: "They lash us with whips if they hear the Greek language spoken among us. They don't even allow us to celebrate mass in Greek. All our churches have been closed, and our wonderful schools as well. Our women, all our women, have been dishonored, the city turned into one huge brothel. The women have to submit; otherwise their bread-ration is suspended. And no one is allowed to save himself by leaving the city. The Serbs have barricaded every way out, and they shoot to kill."

Good God! Why had we come here, then? Was it to liberate Greeks by fighting Serbs, or to liberate Serbs (our allies; betrayed by the king we had rejected) by fighting Germans and Bulgarians?

Something made us began to crack. Was it our faith in what we had been told in Lesvos? Bewildered, we added our tears to theirs.

They presented us with a thousand and one simple little gifts; in every basement they prepared loukoumadhes and other deep-fried sweets for us, despite their tragically inadequate rations. A swarm of boys approached my platoon and all began to sing the National Anthem in hushed voices, caps in hand, touching our sleeves and weeping. But a French M.P. from the provost marshal's office came over and commanded them to be silent:

"No noise!"

A woman wearing a black scarf over her head did not neglect to offer us some useful advice concerning gas. "Keep your masks handy at all times, brothers," she said with tender solicitude. "The other day the Bulgarians bombarded us with gas-shells and killed six of our children as they were squatting close together, telling stories to each other in a little huddle (they were in my neighborhood). The French laid out their bodies on the sidewalk, all in a row, and kept them there for an entire day while they took movies of them and also snapshots, some of which they used for picture post cards!"

A girl stationed herself next to me and remained standing there for considerable time, not saying a word. She had dark hair, excessively large eyes, and was as lithe as a cypress sapling. She just stood there and looked at me, stroking my gun-strap absentmindedly with one finger. I stared back at her, a smile on my lips. I could see the moonlight in her eyes. She did not smile. Suddenly she thrust a package of chocolate bars into my pack.

"Take them," she said in a whisper. "Take them. When you're in the trenches let them be a reminder to you that a girl from Monastir, a girl you'll never see again -"

"Why? What makes you so sure?"

She shook her head vigorously. A tress fell between her animated eyebrows and hung there like a black questionmark.

"I know what I know ... Where do you come from? Tell me, my brother."

"From Lesvos. All of us come from Lesvos."

"Lesvos?" Smiling at last, she assumed a pose of a schoolgirl delivering a recitation, and then mouthed at breakneck speed, most comically: "Lesvos, home of Sappho, Alcaeus, Arion, Pittacus and Theophrastus, cradle of music and lyric poetry ..."

How charming! Everyone of those names, as they emerged in that pedantic way from her lips, went straight to my heart, as did the girl herself, suddenly. She pushed her way in with the same boldness that members of a person's family display when they barge unannounced into his room. She might have been the ardent soul of Sappho, my sacred Mother; she might have been none other than the soul of Lesvos itself, waiting for me here in Serbia, in order to present me with a package of chocolate.

I grasped her hand in the darkness and raised it to my lips, holding it against them for quite some time. It was cool; and it was submissive.

"Thank you. Thank you from the bottom of my heart ... You're a beautiful girl, and a kind one too ... Tell me your name. I'll always remember it with gratitude."

At that moment my platoon-commander approached in extreme haste and told me to run as quickly as possible to find our sergeant. "Have him assemble the platoon. But take care-no whistles no cigarettes, no talking. We leave in five minutes."

The platoon sergeant was my brother. I raced to find him. The girl faded into the darkness and disappeared, nameless.

We left.

Our route followed the course of the Dragor as it ran darkly through the town. At every bend in the lovely river the moonlight jiggled silvery scales. The stream flows tranquilly between two endless avenues of acacias, large robust trees whose roots must never lack for water. "How marvelous they must be at blossom time" ... I reflected, "when they radiate whiteness on a moonlit night such as this, and suffuse the dark air with their sweet perfume ... And that girl, the one who gave me the chocolate: her feet must have trod the paving stones of this embankment many many times; her eyes must have seen the liquid moonlight flowing in the Dragor's waters. How beautiful she was! ... And here we are a column of terrified recruits marching noiselessly and without cigarettes, marching for hours behold those enormous frames which have dyed burlap stretched upon them, or wrapping paper covered with painted designs. This camouflage conceals our passage from the eyes, and cannons, of the enemy... That girl, the one who gave me the chocolate..."

The front.

We were really and truly there now, at that unknown, mysterious place so full of icy terror - a terror which had come to our souls and sounded the alarm in advance for things which, though still undivulged to us, had already impressed us with their flavor, making the heart of every man flap its wings like a bird suddenly overshadowed by a diving hawk.

Truly, we sat "in darkness and in the shadow of death."


Mais:
http://en.wikipedia.org/wiki/Greece_during_World_War_I
Heródoto