domingo, 10 de fevereiro de 2019

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Dois dias depois de eu ter encerrado as atividades por aqui, recebo na caixa de e-mail um comunicado oficial sobre o fim do fracassado Google+. Fiquei pensando, Será que um dia o Blogspot terá o mesmo destino do Multiply, do Orkut, do MSN Messenger, dos fóruns do IMDb...?

domingo, 3 de fevereiro de 2019

Uma forma de terminar

Este blog não será mais atualizado. Consegui falar tudo que tive vontade nesta minha lira maldizente. E deixo registrada a seguinte adaptação de uma famosa frase cinematográfica:

Stop trying to make blogging happen [again]. It's not going to happen [again].

Organizei uma despedida, uma forma de terminar, e o resultado ficou assim:

Ouroboros

No primeiro post deste escrevinhador que agora se aposenta, mencionei brevemente o desenho japa-futurista Zillion. A estrutura e a simbologia do ciclo exercem uma influência muito grande sobre mim. É natural que apareça aqui, no último post, o tema de encerramento desse anime:



[Bonus track: http://iptv.usp.br/portal/video.action?idItem=10480 - E aí alguém pensa, Mas por que diabos um troço tão aleatório quanto um minidocumentário sobre ladrilhos? Porque sim, caramba.]

Bom, era isso. Aos leitores: obrigado. Adeus. O resto é silêncio.


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domingo, 27 de janeiro de 2019

Consciência


Trechos de La Mente Consciente (1996), de David J. Chalmers.



La conciencia es un gran misterio. Es, tal vez, el mayor obstáculo pendiente en nuestra búsqueda de una comprensión científica del universo. La ciencia física aún es incompleta, pero tenemos de ella una buena comprensión; la ciencia de la biología se deshizo de muchos antiguos misterios acerca de la naturaleza de la vida.

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La conciencia, sin embargo, sigue siendo tan desconcertante como siempre. Todavía nos resulta algo totalmente misterioso que la causalidad de la conducta esté acompañada de una vida interior subjetiva.

Tenemos buenas razones para pensar que la conciencia surge en sistemas físicos como el cerebro, pero tenemos poca idea de cómo es que surge o por qué existe. ¿Cómo podría un sistema físico como el cerebro ser también un experimentador? ¿Por qué debiera haber algo que es como un sistema de esta clase? Las teorías científicas actuales casi no abordan las preguntas realmente difíciles sobre la conciencia. No sólo carecemos de una teoría detallada; estamos totalmente a oscuras acerca de cómo encaja la conciencia en el orden natural.

En los últimos años aparecieron muchos libros y artículos sobre la conciencia, por lo que podría pensarse que estamos haciendo algún progreso. Sin embargo, en um examen más atento, puede verse que la mayor parte de estos trabajos dejan sin tratar los problemas más difíciles acerca de la conciencia. Frecuentemente, esos trabajos encaran lo que podría llamarse los problemas «fáciles» de la conciencia: ¿cómo procesa el cerebro los estímulos ambientales?, ¿cómo integra la información?, ¿cómo producimos informes sobre nuestros estados internos? Estas son preguntas importantes, pero su respuesta no significa resolver el problema difícil: ¿Por qué todo este procesamiento está acompañado por una vida interna que experimentamos? A veces se ignora por completo esta pregunta; a veces se la posterga para algún momento futuro y a veces simplemente se la declara resuelta. Pero, en cada caso, nos queda la sensación de que el problema central sigue siendo tan enigmático como siempre.

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Debido a que la conciencia es, al mismo tiempo, tan fundamental y tan incomprendida, una solución al problema podría afectar profundamente nuestra concepción del universo y de nosotros mismos.

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Algunos dicen que la conciencia es una «ilusión», pero yo no tengo idea de lo que esto significa. Me parece que estamos más seguros de la existencia de la experiencia consciente de lo que estamos de cualquier otra cosa en el mundo. En ocasiones intenté intensamente convencerme a mí mismo de que en realidad no hay nada allí, que la experiencia consciente es vacua, una ilusión. Hay algo de atractivo en esta noción que tantos filósofos, en todas las épocas explotaron, pero al final resulta totalmente insatisfactoria. Cuando me encuentro absorto en una sensación del color naranja, algo ocurre. Hay algo que requiere explicación, aún luego de haber aclarado los procesos de discriminación y acción: se trata de la experiencia.

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El problema de la conciencia está instalado de un modo inestable en la frontera entre la ciencia y la filosofía. Yo diría que es propiamente un tema científico: es un fenómeno natural como el movimiento, la vida y la cognición, y reclama una explicación lo mismo que ellos. Pero no está abierto a la investigación mediante los métodos científicos usuales. La metodología científica ordinaria tiene dificultades para captarlo, y una causa importante de esto son las dificultades para observar el fenómeno. Fuera del caso de primera persona, es difícil encontrar datos.

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Dos conceptos de la mente

¿Qué es la conciencia?

La experiencia consciente es, al mismo tiempo, lo más familiar del mundo y lo más misterioso. De ninguna otra cosa tenemos un conocimiento más directo que de la conciencia, pero no es claro en absoluto cómo reconciliarla con todo el resto de lo que sabemos. ¿Por qué existe? ¿Qué hace? ¿Cómo puede surgir a partir de la grumosa materia gris? Conocemos a la conciencia de una forma mucho más íntima de lo que conocemos al resto del mundo, pero comprendemos a este último mucho mejor de lo que comprendemos a la conciencia.

La conciencia puede ser sorprendentemente intensa. Es el más vivido de los fenómenos; nada es más real para nosotros. Pero puede ser frustrantemente diáfana: al hablar acerca de la experiencia consciente es muy difícil definir el tema. El The International Dictionary of Psychology ni siquiera intenta caracterizarla directamente:

Conciencia: Tener percepciones, pensamientos y sentimientos; percatación. El término es imposible de definir excepto en términos que son ininteligibles sin una captación de lo que la conciencia significa. Muchos caen en la trampa de confundir la conciencia con la autoconciencia; para ser consciente sólo es necesario percatarse del mundo externo. La conciencia es un fenómeno fascinante pero huidizo: es imposible especificar qué es, qué hace o por qué evolucionó. Aún no se ha escrito nada que valga la pena leerse. (Sutherland, 1989).

Casi cualquiera que haya pensado intensamente sobre la conciencia sentirá una cierta simpatía hacia estos sentimientos. La conciencia es tan intangible que aún este intento limitado por definirla podría ser cuestionable: es posible argumentar que existen percepciones y pensamientos que no son conscientes, como lo atestiguan las nociones de percepción subliminal y de pensamiento inconsciente. Lo que es central para la conciencia, al menos en el sentido más interesante, es la experiencia. Pero esto no es una definición. A lo sumo es una aclaración.

Intentar definir la experiencia consciente en términos de nociones más primitivas es improductivo. Sería como tratar de definir la materia o el espacio en términos de algo más fundamental. Lo mejor que podemos hacer es dar ejemplos y caracterizaciones que se encuentren en el mismo nivel. Estas caracterizaciones no constituyen verdaderas definiciones debido a su naturaleza implícitamente circular, pero pueden ayudar a fijar aquello acerca de lo que se habla.

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El tema quizá pueda caracterizarse mejor como «la cualidad subjetiva de la experiencia». Cuando percibimos, pensamos y actuamos, existe un ruido de fondo de causalidad y procesamiento de información, pero este procesamiento por lo general no ocurre en la oscuridad. Existe también un aspecto interno; hay algo que se siente como ser un agente cognitivo. Este aspecto interno es la experiencia consciente. Las experiencias conscientes van desde las vividas sensaciones de colores hasta las experiencias de los más tenues aromas en el ambiente; desde agudos dolores a la huidiza experiencia de pensamientos en la punta de la lengua; desde sonidos y olores mundanos hasta la grandeza envolvente de la experiencia musical; desde la trivialidad de una fastidiosa comezón al peso de una profunda angustia existencial; desde la especificidad del sabor de la menta a la generalidad de la propia experiencia de uno mismo. Cada una de estas experiencias tiene una calidad experimentada distintiva. Todas son partes prominentes de la vida interior de la mente.

Podemos decir que un ser es consciente si existe algo que es ser como ese ser, para usar una frase que hizo famosa Thomas Nagel. De forma similar, un estado mental es consciente si existe algo que es como estar en ese estado mental. Para plantearlo de otra manera, podemos decir que un estado mental es consciente si está ligado a una sensación cualitativa, una cualidad asociada de experiencia. Estas sensaciones cualitativas se conocen también como cualidades fenoménicas o qualia para abreviar. El problema de explicar estas cualidades fenoménicas es justamente el problema de explicar la conciencia. Esta es la parte realmente difícil del problema mente-cuerpo.

¿Por qué debería existir la experiencia consciente? Es fundamental para un punto de vista subjetivo, pero desde un punto de vista objetivo es totalmente inesperada. Si adoptamos el punto de vista objetivo, podemos contar una historia acerca de cómo los campos, ondas y partículas en el continuo espaciotemporal interactúan de formas sutiles y llevan al desarrollo de sistemas complejos como el cerebro. En principio, no existe ningún profundo misterio filosófico en el hecho de que estos sistemas puedan procesar información de modos intrincados, reaccionar a estímulos con una conducta sofisticada e incluso exhibir capacidades complejas como el aprendizaje, la memoria y el lenguaje. Todo esto es impresionante, pero no es metafísicamente desconcertante. En contraste, la existencia de la experiencia consciente parece ser una nueva característica desde este punto de vista. No es algo que podríamos haber predicho a partir de las otras características solamente.

Esto es, la conciencia es sorprendente. Si todo lo que conocemos fuesen hechos de la física, o incluso hechos de la dinámica y el procesamiento de información en sistemas complejos, no habría ninguna razón apremiante para postular la existencia de la experiencia consciente. Si no fuese por nuestra evidencia directa como primera persona, la hipótesis podría parecer injustificada; casi mística, quizá. Sin embargo, sabemos de una forma directa que la experiencia consciente existe. La pregunta es, ¿cómo la reconciliamos con todo el resto de lo que sabemos?

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¿Por qué existe la experiencia consciente? Si surge en sistemas físicos, como parece probable, ¿cómo surge? Esto nos lleva a algunas preguntas más específicas. ¿La conciencia es ella misma física o es meramente un concomitante de sistemas físicos? ¿Cuán difundida está la conciencia? Los ratones, por ejemplo, ¿tienen experiencia consciente?

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Antes de continuar, debemos hacer una nota sobre la terminología. El término «conciencia» es ambiguo, ya que refiere a una variedad de fenómenos distintos. A veces se utiliza para hacer referencia a una capacidad cognitiva, tal como la capacidad de hacer introspección o de informar sobre los propios estados mentales. A veces se utiliza como sinónimo de «vigilia». Otras veces está estrechamente ligado a nuestra capacidad de concentrar la atención o de controlar voluntariamente nuestra conducta. A veces «ser consciente de algo» se reduce a lo mismo que «saber acerca de algo». Por ahora, cuando hable de la conciencia, me referiré a la cualidad subjetiva de la experiencia: cómo es ser un agente cognitivo.

Un cierto número de términos y frases alternativas seleccionan aproximadamente la misma clase de fenómenos que la «conciencia» en su sentido central. Estos incluyen «experiencia», «qualia», «fenomenología», «fenoménico», «experiencia subjetiva» y «cómo es». Aparte de las diferencias gramaticales, las diferencias entre estos términos representan cuestiones muy sutiles de connotación.

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Imaginería mental. Moviéndonos cada vez más adentro, hacia experiencias que no están asociadas con objetos particulares en el ambiente o el cuerpo sino que, en algún sentido, se generan internamente, llegamos a las imágenes mentales. Existe una rica fenomenología asociada con las imágenes visuales evocadas por la imaginación, aunque estas no son tan detalladas como las que surgen de la percepción visual directa. También existen interesantes patrones de colores que se obtienen cuando entornamos los ojos, y las intensas imágenes posteriores que se producen luego de mirar algo brillante. Nuestra imaginación puede evocar también clases similares de «imágenes» auditivas, e incluso imágenes táctiles, olfativas y gustativas, aunque estas son más difíciles de fijar y la sensación cualitativa asociada es por lo general más débil.

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Cuando pienso en un león, por ejemplo, parece haber un hálito de cualidad leonina en mi fenomenología: pensar en un león es sutilmente diferente de pensar en la torre Eiffel. En términos más evidentes, las actitudes cognitivas como el deseo suelen tener una intensa sensación fenoménica. El deseo parece ejercer un «tirón» fenomenológico, y la memoria suele tener un componente cualitativo, como en la experiencia de nostalgia o pesar.

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A veces sentimos que hay algo en la experiencia consciente que trasciende a todos estos elementos específicos: una especie de ruido de fondo, por ejemplo, que es de algún modo fundamental para la conciencia y que está allí incluso cuando otros componentes no lo están. Esta fenomenología del sí mismo es tan profunda e intangible que a veces parece ilusoria, que consiste nada más que en elementos específicos como los nombrados antes. Sin embargo, parece haber algo en la fenomenología del sí mismo, aún cuando sea muy difícil de determinar.

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Los aspectos fenoménico y psicológico de la mente tienen una larga historia de fusión. Es probable que René Descartes haya sido parcialmente responsable de esto. Con su notoria doctrina de que la mente es transparente para sí misma, se acercó a identificar lo mental con lo fenoménico. Descartes sostenía que todo suceso en la mente es una cogitatio, o un contenido de la experiencia. A esta clase asimilaba las voliciones, las intenciones y cualquier otro tipo de pensamiento.


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domingo, 20 de janeiro de 2019

Tempo


Trechos de O Tempo Que O Tempo Tem (2008), de Alexandre Cherman e Fernando Vieira.



O Tempo existe?

Filosofa-se muito sobre o Tempo, assim grafado em maiúscula em reconhecimento à sua natureza única. Filosofa-se bastante a respeito do Tempo, sobretudo nos recônditos da filosofia, é claro. Mas filosofa-se muito acerca do Tempo também na física, na astronomia, na fisiologia e na psicologia.

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O Tempo existe. Esta é nossa hipótese de trabalho. Estamos tão certos disso que prometemos ao leitor um novo livro caso um dia se prove, pelo método científico e de maneira inequívoca, que ele não existe.

(É claro que, se isso acontecer, será no futuro. E isso por si só deveria ser prova suficiente de que o Tempo existe! Mas, insistimos, são argumentos leigos de astrônomos apaixonados pelo tema, mas distantes de qualquer treinamento filosófico.)

Por fim, vamos tirá-lo deste falso pedestal. Falaremos do tempo, agora com letra minúscula, substantivo comum, que o dicionário define como "a sucessão dos anos, dos dias, das horas etc., que envolve, para o homem, a noção de presente, passado e futuro". Ao longo deste livro, vamos medi-lo, qualificá-lo e quantificá-lo. E faremos isso de forma objetiva, pois partimos do pressuposto de que ele é real. O tempo existe. Esta é a nossa hipótese de trabalho.

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O tempo sempre existiu?

Na teoria do Big Bang como originalmente proposta [por George Gamow], o próprio espaço-tempo aparece com o surgimento do Universo.

Fred Hoyle, contemporâneo de Gamow, foi o grande detrator dessa ideia. Não só a achava deselegante, por trazer uma assimetria clara para a história do Universo (um ponto no tempo completamente diverso dos demais), como a considerava perigosa, por aproximar a recém-nascida cosmologia aos conceitos religiosos prescritos pela tradição judaico-cristã.

Hoyle trabalhava com o princípio cosmológico estendido. Este princípio nos diz que não há lugar preferencial no Universo. Todos os pontos são equivalentes entre si. De forma sucinta, nos diz que o Universo é homogêneo e isotrópico (igual em todos os pontos e direções). Hoyle acreditava que essa premissa deveria valer também para os pontos no tempo (os instantes), e não apenas para os pontos no espaço.

O princípio cosmológico estendido diz que o Universo também é homogêneo em termos temporais. Isso quer dizer que em qualquer momento em que observássemos o Universo, deveríamos ver basicamente as mesmas coisas. Muito diferente da visão de Gamow, que defendia que o Universo no passado era intrinsecamente distinto do que é hoje.

Para Hoyle, o Universo sempre existiu. Portanto, o tempo também. Para Gamow, tanto o tempo como o Universo tiveram um começo.

Hoje há um certo compromisso entre estas duas visões diferentes. É sabido que o Universo passou a se expandir há cerca de 14 bilhões de anos. Começou muito pequeno e completamente diverso do que é hoje. Mas já não podemos afirmar se o início da expansão é, de fato, o início do Universo.

Podemos admitir que nosso Universo vive uma fase de expansão, que teve um início evidente. Se esta fase é a única ou se é apenas uma de várias (ou infinitas), isso não sabemos dizer.

Importante é saber que o nosso tempo como o conhecemos começou ao mesmo tempo que a expansão do Universo. Se havia outro tempo antes disso, não podemos saber.

Ou, como Santo Agostinho colocava de maneira magistral: "O que havia antes da Criação? O Inferno, para lá jogar as pessoas que fazem esta pergunta."

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O tempo tem fim?

A pergunta seguinte é irmã gêmea da anterior. Se o tempo tem um início (pelo menos o nosso tempo como o conhecemos), teria também um fim?

Não necessariamente. É fácil pensar em algo que tem começo mas não tem fim. Os números naturais, por exemplo. Começam no zero e vão crescendo, de um em um, até o infinito. Apresentam um começo claro, o zero, mas não têm fim.

A pergunta, do ponto de vista prático, deveria ser: o Universo vai acabar um dia? Se o tempo como o conhecemos começou com o Universo, no início da expansão, então seria natural pensar que se, e quando, o Universo deixar de existir, este tempo sobre o qual tanto falamos deixará de existir também.

O que o futuro nos reserva, então?

Logo que a expansão do Universo se tornou o paradigma científico da cosmologia, uma das perguntas mais pertinentes era: vai se expandir para sempre? A única força que então se conhecia capaz de agir em grandes distâncias era a força da gravidade (as forças eletromagnéticas, por seu caráter bipolar, tendem a se anular no Universo como um todo). E, sendo a gravidade sempre atrativa, ela funcionaria como um freio constante para a expansão do Universo.

O Universo deveria, em algum momento, parar de se expandir. E, claro, com a força da gravidade sempre atuante, querendo o tempo todo aproximar os corpos, o Universo passaria a sofrer um colapso. O fim do Universo aconteceria com uma grande implosão, um desabamento sobre si próprio. O Big Crunch. Com o fim do Universo, acabaria também o tempo como o conhecemos.

(Se o Big Crunch pode dar origem a um novo Big Bang é uma pergunta válida e legítima, que nos leva a um modelo de Universo conhecido como Universo Cíclico ou Eterno. De nosso maior interesse seria a seguinte pergunta: o que aconteceria com o tempo? Ele seguiria correndo sem problemas ou a cada novo ciclo ele começaria de novo? Novamente, esta questão reside mais na área filosófica do que no campo da astronomia.)

Mas e se vivêssemos em um Universo essencialmente vazio? Um Universo com pouca matéria teria uma gravidade geral muito fraca. Tal força não seria suficiente para deter a expansão e o Universo continuaria a crescer e a se tornar cada vez maior.

Neste cenário, o Universo vive para sempre e o tempo não teria fim. Os componentes do Universo, porém, possuiriam um tempo de vida limitado e, depois de um longo período, todas as estrelas deixariam de brilhar. O Universo continuaria a se expandir, o tempo continuaria a passar, mas não haveria mais nada acontecendo no espaço. O Universo se tornaria um lugar frio e inerte. Este cenário desolador é chamado de Big Chill, o "grande frio".

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O Universo se expande cada vez mais rapidamente. Se considerarmos o espaço-tempo como um 'tecido', veremos que esta expansão acelerada rasgará tanto o espaço quanto o tempo. O tempo como o conhecemos terá um fim...

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Este diminuto intervalo de tempo [10-43 segundos], que sequer podemos imaginar, é conhecido como "tempo de Planck", uma justa homenagem a Max Planck, um dos fundadores da mecânica quântica. Um nome menos usado é "crônon", a partícula temporal.

O valor de um crônon em segundos é deduzido a partir de algumas constantes universais: a constante de gravitação de Newton, a velocidade da luz e a constante de Planck.

[...] Para efeitos práticos, o tempo é uma grandeza discreta, pois não faz sentido físico pensar num intervalo de tempo menor que um crônon.

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Relativo ou absoluto?

Muitas vezes se compara o passar do tempo com o fluir de um rio. Fazia-se isso na época de Newton, defendendo-se o tempo absoluto. Independentemente do que se faz no rio, sua correnteza continua constante, da nascente à foz, do passado para o futuro.

Mas não é difícil pensarmos em obstáculos, naturais ou não, que alterem o fluxo do rio. Corredeiras, cachoeiras, barragens e bifurcações alteram não só a velocidade com que a água flui, mas por vezes até sua direção. Se compararmos o rio ao tempo, será que podemos ter o tempo fluindo com taxas variáveis?

Por incrível que pareça, sim!

A teoria da relatividade (especial, de 1905, e geral, de 1915) mostrou, sem sombra de dúvidas, que o tempo é relativo. O próprio Einstein costumava brincar ao explicar sua teoria: "Um minuto ao lado de uma bela mulher passa muito mais rápido."

(Apesar do nome, "teoria da relatividade", e da conclusão que o tempo - e também o espaço - é relativo, Einstein jamais disse que "tudo é relativo". Justamente o contrário. Tal teoria se baseia num conceito absoluto: a velocidade da luz. Como a velocidade da luz é absoluta, imutável e igual para todos os observadores, todo o resto - espaço e tempo - é relativo.)

Velocidades altas e campos gravitacionais fortes funcionam como barreiras num rio, retardando a passagem do tempo. Há soluções teóricas que mostram que se pode até chegar ao passado indo sempre em direção ao futuro (em nosso exemplo geográfico, seria como se parte do rio se bifurcasse e, por questões orogênicas, voltasse ao rio original em um ponto anterior à bifurcação. Para um navegante distraído, ele estaria indo sempre em direção à foz, mas acabaria chegando mais próximo à nascente!). Tais soluções teóricas são chamadas de CTC, sigla em inglês que significa "curva de tempo fechada".

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O tempo é a quarta dimensão?

[...] chegamos aos sólidos. Objetos que têm comprimento, largura e altura. Três números são necessários para medi-los; logo, são objetos tridimensionais.

Mas o leitor há de concordar que ponto, linha, plano ou objeto, todos possuem uma duração. Por isso podemos dizer que o tempo também é uma dimensão. Uma caixa de sapatos, por exemplo, tem largura, comprimento, altura e uma duração (por melhor que seja a caixa, ela não vai durar para sempre!).

Então, admitindo que o tempo é uma dimensão, o ponto geométrico como pensado por Euclides deixa de ser adimensional e passa a ter uma dimensão: a dimensão temporal. Tudo à nossa volta tem, portanto, quatro dimensões: três espaciais e uma temporal.

Em uma abordagem distinta, podemos definir "dimensão" como um grau de liberdade. Um ponto qualquer do espaço pode ser alcançado por meio de uma sequência finita de movimentos retilíneos, alternando-se as seguintes escolhas: direita-esquerda; em cima-embaixo; frente-atrás. Três graus de liberdade, três dimensões. Ah, claro, não podemos esquecer a dimensão temporal: passado-futuro.

(Não, não estamos dizendo que alguém pode escolher ir em direção ao passado. Neste caminho, há uma barreira que parece intransponível. Mas a existência de um muro não quer dizer que não exista o outro lado.)

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Afinal, o que é o tempo?

O tempo é uma dimensão provavelmente discreta e com certeza relativa. Como o conhecemos, teve um início e terá um fim. O tempo existe, é real e independe da nossa existência.

O tempo é, sobretudo, mensurável.

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Movimentos da Terra

Afinal, o que é o tempo? Queremos, agora, ser pragmáticos. Não estamos mais preocupados com os conceitos filosóficos a respeito do nosso objeto de estudo. Sabemos que o tempo é mensurável e queremos medi-lo. Mas o que é o tempo?

Tempo é movimento. O vai-e-vem de um pêndulo, o escorrer de grãos de areia, o derreter de uma vela. Medir o tempo é criar padrões confiáveis a partir de movimentos, de preferência cíclicos. Melhor ainda se pudermos observar movimentos que não dependam de nós.

Esta é a deixa perfeita para a entrada da astronomia em nossa história. Onde mais encontraremos movimentos cíclicos, precisos, confiáveis e completamente alheios às nossas vontades?

O Sol, por exemplo, é um imenso ponteiro riscando a face de um relógio cósmico. Seu ciclo diário de nascer e ocaso é um instrumento fantástico para a medição do tempo. Mas este é um ciclo curto e sua contagem serve muito bem para a divisão do dia em pedaços (as horas).

Há um outro ciclo solar que só é percebido ao longo dos meses. Hoje, este outro ciclo talvez passe despercebido por muitos, pois não é óbvio como o ciclo diário. Mas ele é tão importante quanto. Além de um relógio, o Sol é um calendário muito eficiente. Basta saber consultá-lo.


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domingo, 13 de janeiro de 2019

Espaço


Trechos de Sete Breves Lições De Física (2014), de Carlo Rovelli.



A ARQUITETURA DO COSMO

Na primeira metade do século XX, Einstein descreveu a trama do espaço e do tempo com a teoria da relatividade, enquanto Bohr e seus jovens amigos capturaram em equações a estranha natureza quântica da matéria. Na segunda metade do século XX, os físicos trabalharam a partir desses fundamentos, aplicando as duas novas teorias aos mais variados domínios da natureza: do macrocosmo da estrutura do universo ao microcosmo das partículas elementares.

Representação do cosmo como foi concebido durante milênios: embaixo a Terra, em cima o Céu. A primeira grande revolução científica, realizada 26 séculos atrás por Anaximandro, que tentou compreender como é possível que o Sol, a Lua e as estrelas girem ao nosso redor, substitui essa imagem do cosmo por esta outra:

Agora o Céu está totalmente ao redor da Terra, não somente acima, e a Terra é um grande seixo que flutua suspenso no espaço, sem cair. Alguém (talvez Parmênides, talvez Pitágoras) não demora a perceber que a forma mais razoável para esta Terra que voa, para a qual todas as direções são iguais, é uma esfera, e Aristóteles descreve argumentos científicos convincentes para confirmar a esfericidade da Terra e dos céus em torno da Terra, nos quais correm os astros celestes.

[...] É o cosmo descrito por Aristóteles em seu livro Sobre o Céu, e a imagem do mundo que permanecerá característica das civilizações em torno do Mediterrâneo, até o fim da Idade Média. É essa imagem do mundo que Dante estuda na escola.

O salto seguinte é dado por Copérnico, inaugurando aquela que é chamada a grande revolução científica. O mundo de Copérnico não é muito diferente do de Aristóteles.

Mas há uma diferença fundamental: retomando uma ideia já considerada na Antiguidade [por Aristarco de Samos], e depois abandonada, Copérnico compreende e mostra que nossa Terra não está no centro da dança de planetas, e sim o Sol. Nosso planeta se torna um como os outros. Gira em grande velocidade sobre si mesmo e em torno do Sol.

O avanço do conhecimento não se detém. Nossos instrumentos logo se aperfeiçoam, e aprendemos que o sistema solar não é senão um entre muitíssimos, e que nosso Sol é simplesmente uma estrela como as outras. Um grãozinho infinitesimal em uma imensa nuvem de estrelas, formada por 100 bilhões de estrelas, a Via Láctea.

Mas, por volta dos anos 1930, as medições precisas feitas pelos astrônomos das distâncias de nebulosas espirais - nuvenzinhas esbranquiçadas entre as estrelas - mostram que também a Via Láctea, por sua vez, não é mais do que um grão de poeira em uma imensa nuvem de galáxias, centenas de bilhões de galáxias, que se estendem a perder de vista até onde os mais potentes dos nossos telescópios conseguem alcançar. Agora o mundo se tornou uma extensão uniforme e ilimitada. A figura que se segue não é um desenho: é uma fotografia tirada pelo telescópio Hubble, em órbita da Terra, que mostra a imagem do céu mais profundo que conseguimos ver com o mais potente dos nossos telescópios. A olho nu, seria um pedacinho extremamente pequeno de um céu onde nada parece existir. Ao telescópio, parece uma poeira de galáxias muito distantes. Cada pontinho e mancha nessa imagem é uma galáxia com cerca de 100 bilhões de sóis semelhantes ao nosso. Há poucos anos, vimos que a maior parte desses sóis têm planetas ao seu redor. Portanto, no universo existem milhares de bilhões de bilhões de planetas como a Terra.

Mas essa uniformidade ilimitada, por sua vez, é apenas aparente. Como ilustrei na primeira lição, o espaço não é plano, é curvo. A própria trama do universo, salpicada de galáxias, devemos imaginá-la movida por ondas semelhantes às ondas do mar, às vezes tão agitadas a ponto de criar os vazios que são os buracos negros. Voltemos então às imagens desenhadas, para representar este universo sulcado por grandes ondas.

E, por fim, hoje sabemos que este cosmo imenso, elástico e constelado de galáxias cresceu por 13,7 bilhões de anos, emergindo de um ponto muito quente e denso. Para representar essa visão, já não devemos desenhar o universo, e sim desenhar a história inteira do universo.

O universo nasce como uma bolinha e depois se expande até suas atuais dimensões cósmicas.

Há mais alguma coisa? Havia algo antes? Talvez sim. Existem outros universos semelhantes, ou diferentes? Não sabemos.

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Que lugar temos nós, seres humanos que percebem, decidem, riem e choram, neste grande afresco do mundo que a física contemporânea oferece? Se o mundo é um pulular de efêmeros quanta de espaço e de matéria, um imenso jogo de encaixe de espaço e partículas elementares, o que somos nós? Também somos feitos apenas de quanta e de partículas? Mas, então, de onde vem aquela sensação de existir singularmente e em primeira pessoa, que cada um de nós experimenta? Então o que são os nossos valores, os nossos sonhos, as nossas emoções, o nosso próprio saber? O que somos nós, neste mundo imenso e rutilante?

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"Nós", seres humanos, somos antes de mais nada o sujeito que observa este mundo, e autores, coletivamente, desta fotografia da realidade que tentei compor. Somos laços de uma rede de trocas, da qual este livro é uma pecinha, em que nos transmitimos imagens, instrumentos, informações e conhecimento. Mas, do mundo que vemos, somos também parte integrante, não somos observadores externos. Estamos situados nele. Nossa perspectiva dele se origina de dentro. Somos feitos dos mesmos átomos e dos mesmos sinais de luz trocados entre os pinheiros nas montanhas e as estrelas nas galáxias.

À medida que nosso conhecimento cresceu, fomos aprendendo cada vez mais esta noção de sermos parte, e pequena parte, do universo. Isso aconteceu já nos séculos passados, mas cada vez mais no último século. Pensávamos estar sobre o planeta no centro do cosmo, e não estamos. Pensávamos ser uma raça à parte, na família dos animais e das plantas, e descobrimos que somos descendentes dos mesmos genitores de que descende qualquer outro ser vivo ao nosso redor. Temos tataravós em comum com as borboletas e com os pinheiros. Somos como um filho único que cresce e aprende que o mundo não gira somente ao seu redor, como ele pensava quando era pequeno. Ele deve aceitar ser um entre os outros. Ao nos espelharmos nos outros e nas outras coisas, aprendemos quem somos.

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No mar imenso de galáxias e de estrelas, somos um infinitesimal cantinho perdido; entre os infinitos arabescos de formas que compõem o real, não somos mais do que um rabisco entre muitos outros.

As imagens que construímos do universo vivem dentro de nós, no espaço dos nossos pensamentos. Entre essas imagens - entre aquilo que conseguimos reconstruir e compreender com nossos meios limitados - e a realidade da qual somos parte existem filtros incontáveis: nossa ignorância, a limitação dos nossos sentidos e da nossa inteligência, as próprias condições que nossa natureza de sujeitos, e sujeitos particulares, submete à experiência. [...] Aquilo que aprendemos a conhecer, embora devagar e tateando, é o mundo real de que somos parte. As imagens que construímos do universo vivem dentro de nós, no espaço dos nossos pensamentos, mas descrevem mais ou menos bem o mundo real do qual somos parte.

Quando falamos do Big Bang ou da estrutura do espaço-tempo, o que estamos fazendo não é a continuação dos relatos livres e fantásticos que os homens contavam em torno da fogueira nas noites de centenas de milênios atrás. É a continuação de outra coisa: do olhar daqueles mesmos homens, às primeiras luzes da alvorada, buscando em meio à poeira da savana os rastros de um antílope - observar os detalhes da realidade para deduzir deles aquilo que não vemos diretamente, mas cujos indícios podemos seguir.

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A imagem científica do mundo, que descrevi nestas páginas, não está, portanto, em contradição com o nosso sentir a nós mesmos. Não está em contradição com o nosso pensar em termos morais, psicológicos, com nossas emoções e nosso sentimento. O mundo é complexo, nós o capturamos com linguagens diversas, apropriadas para os diversos processos que o compõem.

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Nossos valores morais, nossas emoções, nossos amores não são menos verdadeiros pelo fato de fazerem parte da natureza, de serem compartilhados com o mundo animal ou por haverem crescido e terem sido determinados ao longo dos milhões de anos da evolução de nossa espécie. Ao contrário, são mais verdadeiros por isto: são reais. São a complexa realidade de que somos feitos. Nossa realidade são o pranto e o riso, a gratidão e o altruísmo, a fidelidade e as traições, o passado que nos persegue e a serenidade. Nossa realidade é constituída pelas nossas sociedades, pela emoção da música, pelas ricas redes entrelaçadas do nosso saber comum, que construímos juntos. Tudo isso é parte daquela mesma natureza que descrevemos. Somos parte integrante da natureza, somos natureza, em uma de suas inumeráveis e variadíssimas expressões. É isso que nosso conhecimento crescente das coisas do mundo nos ensina.

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Quem sabe quantas e quais outras extraordinárias complexidades, em formas que talvez até nem possamos imaginar, existem nos ilimitados espaços do cosmo... Há tanto espaço lá em cima, que é pueril pensar que neste cantinho periférico de uma galáxia das mais banais exista algo especial. A vida na Terra é apenas uma amostra do que pode suceder no universo. Nossa alma não é senão outra amostra.

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Nascemos e morremos como nascem e morrem as estrelas, tanto individual quanto coletivamente. Essa é nossa realidade. Para nós, justamente por sua natureza efêmera, a vida é preciosa. Porque, como escreve Tito Lucrécio, "nosso apetite de vida é voraz, nossa sede de vida, insaciável" (De Rerum Natura, III, 1084).

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Somos feitos da mesma poeira de estrelas de que são feitas as coisas, e quer quando estamos imersos na dor, quer quando rimos e a alegria resplandece, não fazemos mais do que ser aquilo que não podemos deixar de ser: uma parte do nosso mundo.

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À beira daquilo que sabemos, em contato com o oceano do desconhecido, reluzem o mistério e a beleza do mundo.


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domingo, 6 de janeiro de 2019

Presta atenção à vertigem

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Caminhante sobre o mar de névoa, de Caspar David Friedrich (1818)

Em cataclismos como a Guerra de 14-18, as questões que capturam a atenção de milhões de pessoas são do tipo, Os ianques estão chegando?, Qual foi o último gracejo de Clemenceau?, Os ingleses tomaram mesmo Jerusalém?, É verdade que o kaiser abdicou?, Quem é o Grande Culpado? - indagações que, pelo menos durante um período fugaz, parecem tão essenciais quanto saber se você estará bem servido de oxigênio nos próximos 30 minutos. Assuntos que acabam distraindo a multidão daqueles incessantes ruídos de baixa frequência, Quem somos? De onde viemos? Para onde vamos? Qual o sentido da vida? Por que existe o Universo? - chegou a hora de falar de aspectos inescapáveis da condição de estar vivo, pois é estando vivo que nós às vezes temos a infelicidade de testemunhar "o homem ser lobo do homem". Os tópicos que abordarei serão: espaço, tempo e consciência. O impacto desses elementos na formação daquilo que chamamos de individualidade/personalidade é muito forte e merece algumas palavras. 1 post por semana.

Omar Khayyam, Rubaiyat - fragmento 60:

Que enigma os astros que andam pelo espaço.
Agarra-te à corda da sabedoria, Khayyam.
Presta atenção à vertigem
que faz cair perto de ti os teus companheiros.



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quarta-feira, 5 de dezembro de 2018

Considerações finais

Danse Macabre, de Mabel Dwight (1933)

Começamos e terminamos com uma Dança Macabra. O ciclo está completo. Hora das considerações finais.

A represa de Marib, localizada no Iêmen, é uma das barragens hidráulicas mais antigas que conhecemos. Construída por volta do século VIII a.C., essa façanha de engenharia realizada por um povo do passado longínquo é mais um valioso e magnífico testemunho pétreo dos poderes técnicos e criativos da mente humana.

Não acompanho muito o noticiário e, acredite quem quiser, foi só em 2017 - e por acaso - que eu soube que o Iêmen está em guerra civil desde 2015. Partes do país estão devastadas e os confrontos já clamaram a vida de mais de 50.000 pessoas. Uma das vítimas de bombardeios foi a represa de Marib.

All that remains of the Ma'rib Dam today are its sluice gates, which stand as a testament to the engineering capabilities of the ancient Sabaeans. In 2015, these ruins were damaged by airstrikes during the ongoing conflict in Yemen. (fonte: http://www.ancient-origins.net/ma-rib-dam-torn-apart-009396)

Peço que olhem com atenção:

Ma'rib dam before and after the destruction in 2015

É com essa contundente imagem da destruição de um patrimônio histórico da humanidade que encerro nossa longa jornada. Desnecessariamente pessimista, dirão alguns. É o que tem para hoje. A violência é triste, mas o pacifismo é uma ideia intrinsecamente equivocada (para não falar desonesta). Promessas de paz perpétua e de harmonia universal não passam de engodos diabólicos. Permaneçamos vigilantes, pois o flagelo da guerra não tem fim, nunca terá fim.

O estimado chavão nos conta que a atroz experiência da Grande Guerra de 1914-1918 forjou um mundo muito diferente. Sociedades transformadas (transtornadas?). Pegando emprestada a famosa sentença de Tancredi Falconeri, personagem do belo romance O Leopardo: tudo mudou para que tudo ficasse na mesma. Novo Mundo = Velho Mundo. Arcaico e tecnológico, decadente e promissor, casto e lascivo, fragmentado e coeso, niilista e esperançoso. Cacofonia de opostos: sinfonia do velho novo mundo.




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domingo, 2 de dezembro de 2018

Pós-Guerra

Trechos de Pós-Guerra (2005), de Tony Judt.


Este livro narra a história da Europa desde a Segunda Guerra Mundial e, por conseguinte, inicia em 1945: Stunde nul, conforme diziam os alemães - a Hora Zero. Porém, a exemplo de tudo mais no século XX, tal história já está esboçada na guerra de trinta anos que teve início em 1914, quando o continente europeu embarcou rumo à catástrofe. A Primeira Guerra Mundial, para todos os que dela participaram, foi um massacre traumático - a metade dos homens da Sérvia, com idade entre 18 e 55 anos, sucumbiu na luta -, mas o conflito nada resolveu. A Alemanha (ao contrário do que se pensava à época) não foi esmagada na guerra, nem nos acordos firmados no pós-guerra: se o tivesse sido, seria difícil explicar a escalada que permitiu àquele país o domínio quase total da Europa apenas 25 anos depois. Na realidade, porque a Alemanha não pagou as dívidas que resultaram da Primeira Guerra Mundial, o custo da vitória para os Aliados foi mais alto do que o custo da derrota para a Alemanha, que assim ressurgiu, relativamente, mais forte do que em 1913. O "problema alemão", surgido na Europa na geração anterior com a ascensão da Prússia, continuava sem solução.

Os pequenos países que em 1918 emergiram do colapso dos velhos impérios eram pobres, instáveis, inseguros - e rancorosos em relação aos vizinhos. No período entre as duas grandes guerras, a Europa esteve repleta de nações "revisionistas": Rússia, Alemanha, Áustria, Hungria e Bulgária foram todas derrotadas na Grande Guerra e aguardavam a oportunidade de ajuste territorial. Depois de 1918, não foi restaurada a estabilidade internacional, não foi resgatado o equilíbrio entre as potências: houve apenas um interlúdio decorrente de exaustão. A violência da guerra não se abateu. Em vez disso, transformou-se em questões domésticas - em polêmicas nacionalistas, preconceito racial, luta de classes e guerra civil. A Europa nos anos 20 e, especialmente, nos anos 30 entrou numa zona de crepúsculo, entre a pós-vida de uma guerra e a perturbadora expectativa de outra.

Durante o período entre as duas guerras mundiais, conflitos internos e antagonismos entre Estados foram exacerbados - e, em certa medida, provocados - pelo concomitante colapso da economia europeia. Com efeito, a vida econômica na Europa recebeu naqueles anos um golpe triplo. A Primeira Guerra Mundial distorceu índices de emprego, destruiu o comércio e devastou regiões inteiras - além de levar nações à bancarrota. Muitos países - sobretudo na Europa Central - jamais se recuperaram dos efeitos dela. Os que conseguiram fazê-lo foram novamente derrubados pela Depressão dos anos 30, quando deflação, falências e iniciativas desesperadas para instituir tarifas protecionistas contra a concorrência internacional resultaram não apenas em níveis de desemprego jamais vistos e na destruição da capacidade industrial, mas também no fracasso do comércio internacional (entre 1929 e 1936 o comércio franco-germânico caiu 83%), tudo acompanhado de rivalidade e ressentimentos ferrenhos entre as nações.

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Seja lá o que se perdeu quando da implosão da civilização europeia - perda cujas implicações tinham sido há muito intuídas por Karl Kraus e Franz Kafka na Viena de Zweig -, jamais seria recapturado. No clássico filme de Jean Renoir, produzido em 1937, a Grande Ilusão da época era recorrer à guerra e aos mitos de honra, casta e classe a ela atinentes. Mas, já em 1940, para os europeus mais perspicazes, a maior das ilusões da Europa - agora desacreditada a ponto de ser considerada irresgatável - era a própria "civilização europeia".

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[...] lidar com uma herança onerosa. A Primeira Guerra Mundial destruiu a velha Europa; a Segunda Guerra Mundial criou as condições para uma nova Europa. Mas, depois de 1945, todo o continente viveu durante muitos anos sob o efeito sombrio de ditadores e guerras que pertenciam ao passado europeu recente. Essa é uma das experiências que os europeus da geração pós-guerra têm em comum e que os distingue dos norte-americanos, aos quais o século XX ensinou lições bem diferentes e muito mais otimistas.

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Quando acabou a Primeira Guerra Mundial, as fronteiras é que foram inventadas e ajustadas, enquanto, de modo geral, as pessoas ficaram onde estavam. Depois de 1945, aconteceu exatamente o oposto: com uma grande exceção, as fronteiras permaneceram basicamente intactas e as pessoas foram deslocadas. Entre os estrategistas políticos ocidentais observava-se o sentimento de que a Liga das Nações e as cláusulas relativas às minorias nos Tratados de Versalhes haviam fracassado, e que seria um erro qualquer tentativa de ressuscitá-las. Por isso, os estrategistas concordaram prontamente com as transferências de populações. Se as minorias sobreviventes na Europa Central e Oriental não podiam contar com uma proteção internacional eficaz, seria melhor que fossem despachadas para locais mais favoráveis. A expressão "limpeza étnica" ainda não existia, mas é certo que a respectiva realidade sim - e estava longe de suscitar grande desaprovação ou constrangimento.

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Especialmente na visão dos norte-americanos, a desintegração econômica observada no período entre as duas guerras teria sido a causa principal da crise europeia (e mundial). A menos que moedas fossem conversíveis e nações pudessem se beneficiar mutuamente do incremento do comércio, nada poderia impedir a volta aos dias terríveis de setembro de 1931, quando ruiu o sistema monetário que sucedeu à Primeira Guerra Mundial. Liderados por Maynard Keynes - cujas ideias nortearam o encontro realizado em Bretton Woods, no estado de New Hampshire, em julho de 1944 -, economistas e estadistas buscaram uma alternativa a um sistema financeiro internacional que remontava ao período anterior à guerra: algo menos rígido e deflacionário do que o padrão-ouro, mas que fosse mais confiável e garantido do que o regime de flutuação monetária cambial. Fosse qual fosse, o novo regime, argumentava Keynes, precisaria de algo semelhante a um banco internacional, que funcionasse nos moldes de um Banco Central doméstico e que administrasse o sistema, mantendo os índices cambiais e, ao mesmo tempo, incentivando e facilitando transações em moedas estrangeiras.

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A ideia de uma União Europeia, de uma forma ou de outra, não era nova. O século XIX havia experimentado na Europa Central uma variedade de uniões alfandegárias, com diferentes graus de sucesso, e mesmo antes da Primeira Guerra Mundial, ocasionalmente, falava-se com idealismo a respeito da noção de que o futuro da Europa estava na convergência das diversas partes. A própria Primeira Guerra Mundial, longe de dissipar essas visões otimistas, parece ter-lhes conferido mais vigor: conforme Aristide Briand - estadista francês e autor entusiasmado de pactos e projetos europeus - insistia, chegara o momento de superar rivalidades passadas e pensar e falar como europeu, sentir-se europeu. Em 1924, o economista francês Charles Gide uniu-se a outros signatários por toda a Europa para o lançamento de um Comitê Internacional em prol da União Alfandegária Europeia. Três anos mais tarde, um jovem ministro do Ministério das Relações Exteriores britânico se diria "perplexo" diante da extensão do interesse continental na ideia "pan-europeia".

E o que é até prosaico, a Grande Guerra levara franceses e alemães, curiosamente, a uma melhor apreciação de sua dependência mútua. Quando findou o transtorno do pós-guerra e Paris abandonou os esforços inúteis para obter à força indenizações junto à Alemanha, foi assinado o chamado Pacto do Aço, em setembro de 1926, entre França, Alemanha, Luxemburgo, Bélgica e a região da Saarlândia (então autônoma), visando à regulamentação da produção de aço e à prevenção de estoques excedentes. Embora, no ano seguinte, Tchecoslováquia, Áustria e Hungria tenham assinado o pacto, o esquema jamais passou de um cartel típico; mas o primeiro-ministro alemão, Gustav Stresemann, com certeza, viu no pacto o modelo embrionário de futuros acordos transnacionais. Ele não era o único que pensava assim. A exemplo de outros projetos ambiciosos da década de 1920, o Pacto do Aço mal conseguiu sobreviver à crise de 1929 e à depressão subsequente. No entanto, o acordo reconhecia algo que em 1919 já se tornava evidente para os magnatas do ferro: que a indústria do aço francesa, depois que teve a sua dimensão duplicada em consequência da reintegração da Alsácia-Lorena, ficaria totalmente dependente do coque e do carvão originários da Alemanha e, portanto, precisaria encontrar bases para uma colaboração duradoura. A situação era igualmente óbvia para os alemães, e quando, em 1940, os nazistas ocuparam a França e chegaram a um acordo com Pétain sobre um sistema de pagamentos e entregas que se traduzia na aplicação de recursos franceses ao esforço de guerra alemão, muita gente, de ambos os lados, viu nessa recente "colaboração" franco-germânica o embrião de uma nova ordem econômica "europeia".

Assim, Pierre Pucheu, veterano gestor da administração de Vichy, que mais tarde foi executado pelos Franceses Livres, contemplava uma ordem europeia no pós-guerra em que barreiras alfandegárias fossem eliminadas e uma economia europeia única que abrangesse todo o continente, com uma só moeda. A visão de Pucheu - compartilhada por Albert Speer e muitos outros - representava uma espécie de atualização do Sistema Continental de Napoleão sob a égide de Hitler, e agradava a uma geração mais jovem de burocratas e profissionais continentais que na década de 1930 tinham sofrido decepções decorrentes de formulação de política econômica.

O que tornava tais projetos especialmente tentadores era o fato de serem, tipicamente, apresentados em termos do interesse comum, pan-europeu, e não como projeções egoístas de planos nacionais estanques. Eram projetos "europeus", e não alemães ou franceses, e eram muito admirados durante a guerra por aqueles que se esforçavam para crer que algo de bom poderia advir da ocupação nazista.

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Na Primeira Guerra, uma geração de jovens foi morta. Depois da Segunda Guerra, porém, quem desapareceu de cena foi um grupo mais velho, desacreditado. Em seu lugar surgiram escritores, artistas, jornalistas e ativistas políticos jovens demais para terem vivenciado a guerra de 1914 a 1918, mas ávidos por recuperar os anos perdidos na guerra seguinte. A educação política desses jovens transcorrera no tempo das Frentes Populares e dos movimentos antifascistas; e quando eles alcançaram reconhecimento público e status influente, não raro em resultado de atividades desempenhadas durante a guerra, ainda eram extremamente jovens, considerando os padrões europeus.

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Às vésperas da Segunda Guerra Mundial, as consequências da perda de uma geração de jovens na Primeira Guerra Mundial, somadas à Depressão econômica, às guerras civis e à incerteza política da década de 1930, tinham reduzido a taxa de natalidade em determinadas regiões da Europa Ocidental a índices historicamente baixos.

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Finalmente, embora a União Europeia não disponha de meios nem mecanismos para impedir que os países membros cheguem às vias de fato, a sua própria existência torna a ideia um tanto absurda. A lição de que uma guerra era preço por demais elevado a ser pago para se obter vantagem política ou territorial já havia sido aprendida pelos vencedores depois da Primeira Guerra Mundial, embora tenha sido necessária uma segunda guerra para que a mesma lição fosse assimilada pelo lado perdedor. Mas uma terceira guerra na Europa poderia ter acontecido, ao menos nos primeiros anos do pós-guerra, ainda que um terceiro conflito fosse catastrófico e talvez terminal.


Mais:
http://www.youtube.com/watch?v=LtPIkWhTU1w
http://www.youtube.com/watch?v=RN7ftyZigYs
http://en.wikipedia.org/wiki/The_Second_Coming_(poem)
http://docs.google.com/file/d/1S3CwNdd-Nk3mkV1E7J-SXkgAFXZ0X2HJ
http://archive.org/details/afterwar00repigoog
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quarta-feira, 28 de novembro de 2018

Epílogo

Trechos de Os Três Imperadores (2009), de Miranda Carter.


Epílogo

O mundo do pós-guerra era muito diferente do mundo do pré-guerra, nada condescendente com as velhas hierarquias e os caprichos dos reis; sob muitos aspectos, um mundo feio. A Europa não fora "purificada" e o pior nem de longe ficara para trás. O violento desmoronamento da monarquia na Rússia e na Alemanha deixara buracos que seriam preenchidos pelo extremismo e por mais violência. A Rússia já estava mergulhada numa nova guerra civil que duraria cinco anos, adquirindo uma escala ainda mais pavorosa que a antecedente. Ela deixaria algo entre 8 e 10 milhões de vítimas de massacres, pogroms, doenças e fome, em circunstâncias e quantidades que só pareciam demonstrar que a crueldade e a destrutividade humanas alcançavam seu nível mais terrível. A Alemanha passava por uma cruel e efêmera revolução comunista. Sua brutal repressão veio a ser o difícil berço em que a democracia alemã nasceu, com a República de Weimar, em janeiro de 1919, em circunstâncias que serviam apenas para agravar as pavorosas fraturas da sociedade alemã. A esquerda radical sentiu-se traída pelos social-democratas, agora no governo. A extrema direita, os nacionalistas e o exército continuaram a sonhar com o passado autoritário, cunhando o poderoso mas falso mito de que não eram eles os responsáveis pela queda da Alemanha, mas os revolucionários e amotinados que haviam apunhalado o país pelas costas exatamente no momento em que ele estava vencendo. Esse mito contribuiria para levar a Alemanha a uma outra guerra mundial.

Logo depois do armistício levantaram-se vozes exigindo que o antigo cáiser fosse punido por seu envolvimento na guerra. Achava-se que alguém devia responder pela carnificina. A 7 de dezembro, David Lloyd George, disputando uma eleição geral em Londres, declarou que o antigo cáiser devia ser enforcado e que pretendia levá-lo a julgamento em Westminster Hall. Imediatamente a imprensa britânica abria manchetes: "Enforquem o cáiser!", "Que a Alemanha pague!". Em fevereiro de 1919, os Aliados tentaram pressionar os holandeses a entregá-lo. O Tratado de Versalhes exigia a extradição de mais de mil criminosos de guerra alemães para julgamento, entre eles Guilherme II.

Guilherme II estava convencido de que seria executado se fosse julgado no exterior. Preocupava-o a possibilidade de ser sequestrado e conduzido a Haia, e ele já pensava em providenciar uma guarda pessoal. Ele sabia que sua presença não era do agrado da população na Holanda. Houvera algumas tentativas de botar as mãos nele, nenhuma delas com muita convicção. Com uma incompetência típica do estilo opereta, seu entourage discutia planos para disfarçá-lo e mandá-lo para um esconderijo. Guilherme II recusou-se a tirar o bigode, embora dissesse que poderia voltar as pontas para baixo, e assinalou que as pessoas o reconheceriam pelo braço atrofiado - numa das raras oportunidades em que mencionou o assunto diretamente. Resolveu então deixar crescer a barba e ficar de cama durante seis semanas, usando uma atadura na cabeça, na esperança de que os holandeses sentissem pena dele.

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O entourage do antigo cáiser estudou a possibilidade de pedir a Jorge V que protestasse contra a extradição de Guilherme II. O rei ficou indignado com o fato de o primo ser tratado como um criminoso de guerra, tendo submetido Lloyd George a uma "violenta arenga" a esse respeito. Mas não se dispunha a intervir em favor de Guilherme II. Nos quatro anos da guerra, ele perdera toda simpatia pelo primo. Quando seu filho Bertie encontrou Vitória, a filha de Guilherme II, semanas depois do armistício, ouviu dela que esperava "que voltemos a ser amigos". Bertie respondeu que não achava possível. Jorge V concordou: "Quanto mais cedo ela se convencer do real sentimento de amargura que existe entre nós em relação a seu país, melhor." Até o fim da vida, ele se recusou a qualquer contato com Guilherme II.

O governo holandês rechaçou toda e qualquer tentativa de extraditar o antigo cáiser; havia na Holanda leis de proteção a estrangeiros que buscassem refúgio no país por motivos políticos. Depois de Versalhes, além disso, as exigências de punição a Guilherme II jamais seriam levadas adiante com real energia, pelo menos da parte de Lloyd George. Ele as considerava mera retórica para aplacar a indignação do público interno, e esperava que servissem para desviar as críticas do novo governo alemão.

Quando o presidente americano, Woodrow Wilson, foi a Londres em dezembro de 1918, Jorge V imediatamente antipatizou com ele. Wilson, ainda mais desajeitado e tímido que Jorge V, tornara-se, com sua conversa de Estados livres, o porta-estandarte do republicanismo e da independência. O rei também achava que o presidente era arrogante, que exagerava quanto à responsabilidade dos Estados Unidos na vitória e não reconhecia os sacrifícios feitos pelas tropas britânicas. É possível que, em suas conversas, sentisse que a iniciativa nas questões mundiais passava da Grã-Bretanha para os Estados Unidos, discretamente, mas sem retorno. Quando sugeriu que Wilson mandasse suas tropas para a Rússia, para "proteger o país do bolchevismo", o presidente disse-lhe que o exército americano viera para a Europa com um único objetivo. "Depois disso, nunca tive o sujeito em muito alta conta. (...) Não o suportava, um professor acadêmico e totalmente frio - um homem detestável."

Pelos padrões russos e alemães, a Grã-Bretanha estava calma e estável. A monarquia mantivera-se intacta. A guerra na verdade aumentou o tamanho do império britânico. Como seus exércitos controlavam o Oriente Médio, ela tornou-se a potência dominante na região. Na Conferência de Versalhes, abiscoitou as antigas colônias alemãs na África. E como a guerra fora combatida com tropas imperiais - soldados canadenses, dos polos, sul-africanos e indianos haviam participado -, ficava parecendo uma vitória imperial, um triunfo que tornava o império mais coeso que nunca.

A sensação de euforia pelo fim da guerra logo deu lugar a um sentimento de decepção e frustração: toda uma geração de jovens havia morrido e não se divisava no horizonte uma perspectiva paradisíaca. Havia indignação com o baixo valor das pensões de guerra, a escassez de habitações, a inflação alta. Pouco depois da guerra, Jorge foi ao Hyde Park com seu filho e herdeiro, David, príncipe de Gales, passar em revista um desfile de 15 mil soldados mutilados na guerra. Como pôde constatar David à medida que o pai inspecionava a tropa, havia algo errado, "uma sombria indiferença" em todos aqueles homens. De repente, surgiram estandartes. Alguém gritou: "Onde está a terra dos heróis?" Um grupo de soldados saiu da formação e correu na direção de Jorge. Ele foi isolado do entourage e já estava a ponto de ser jogado no chão. Verificou-se então que os homens queriam apenas tocar sua mão. Mas o susto foi grande.

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A guerra assinalou o ponto alto das aquisições territoriais britânicas e também o início do fim do império. Na Irlanda, o governo britânico envolveu-se numa guerra entre janeiro de 1919 e 1920, finalmente consentindo com a independência irlandesa, de má vontade, em 1922. A Conferência de Versalhes confirmou o direito dos domínios (as colônias brancas) de se constituírem em nações autônomas no interior da Comunidade Britânica, direito que julgavam ter conquistado lutando. Nunca mais um rei britânico poderia declarar guerra em seu nome. Os 800 mil soldados indianos (dos quais 60 mil morreram) que haviam combatido na guerra encorajaram o movimento independentista do país a sustentar que a Índia também havia conquistado seu direito à autonomia, incitando-o a dar início a uma campanha de desobediência. A reação do governo colonial britânico - impondo em 1918 um regime ditatorial digno da Rússia tsarista, com direito a censura de imprensa, detenção sem mandado, prisão sem julgamento, lei marcial e um terrível e perfeitamente evitável massacre de 379 civis em Amritsar, em abril de 1919 - serviu apenas para fortalecer essa convicção, causando na Grã-Bretanha um sentimento tão forte de vergonha que acabou lentamente conduzindo a Índia ao caminho da independência.

Quando a irmã de Nicolau, Xênia, e sua mãe, Maria, fugiram da Crimeia num barco cheio de parentes dos Romanov, em 1919, Jorge V ofereceu asilo às mulheres, sendo os homens informados de que "sua presença poderia ser atribuída à influência do rei".

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Guilherme II passou o resto da vida na Holanda. Transferiu-se em 1920 para Haus Doorn, modesto solar do século XVII, comprado com o produto da venda de dois iates. Ali viveu por 23 anos com uma pequena corte de 46 pessoas, entre elas 26 criados.

[...] Como símbolo do que havia perdido, ele abandonou os uniformes militares que trajava desde os 18 anos e adotou trajes civis: ternos de sarja azul, capas de chuva, um pequeno chapéu de caça e um alfinete de gravata com uma miniatura da rainha Vitória. Em setembro de 1920, o filho menor de Dona e Guilherme II, o favorito dela, Joachim, mergulhado em depressão, matou-se com um tiro. Era viciado em jogo e havia sido abandonado pela mulher. Arrasada, Dona morreria sete meses depois, em abril de 1921. Guilherme II recebeu 10 mil mensagens de condolências, o que talvez se devesse antes ao respeito com que Dona era tratada na Alemanha do que a alguma verdadeira afeição por ele. Não chegou qualquer mensagem de Jorge V, o que magoou Guilherme II particularmente.

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Guilherme II mostrava-se de convívio muito difícil. Indignado com a injustiça do destino e as "mentiras de Versalhes", estava sempre se justificando, reescrevendo o passado, culpando todo mundo pela queda da Alemanha, o fim dos Hohenzollern e os fracassos do seu reinado e esperando que o povo alemão - pelo qual só manifestava desprezo - caísse em si para afinal "me implorar que volte para salvá-lo". [...] Nenhum dos filhos quis compartilhar o exílio com ele, e, com uma única exceção, retornaram à Alemanha.

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A guerra mudou Jorge V de maneira definitiva. [...] Mais que nunca, refugiava-se no passado e no familiar. Continuava vestindo-se à moda de 1900; na corte, insistia em que todos trajassem os casacos, jaquetas e chapéus que haviam sido de rigueur na época do pai.

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Foi Jorge V que estabeleceu a monarquia britânica como a instituição doméstica, decorativa, cerimonial e algo impassível que é hoje.

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Certas coisas ele não fazia. O Partido Trabalhista queria restabelecer relações com a União Soviética. Jorge V declarou que não apertaria a mão dos "assassinos dos seus parentes".

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Guilherme II, enquanto isso, flertava com os nazistas. [...] Ele gostava de imaginar que os nazistas poderiam patrocinar seu retorno, e quatro de seus filhos se envolveram com o partido no início da década de 1930.

[...] Hitler, que não tinha a menor intenção de restaurar a monarquia, acusava Guilherme II de "pró-judeu".

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Guilherme II aproveitou a oportunidade [morte de Jorge V em 1936] para entrar em contato mais uma vez com a família inglesa. Escreveu a Mary e mandou o neto Fritzi ao funeral. Apesar de tudo, ele não conseguira desvencilhar-se da atração por tudo que fosse inglês. Continuou lendo jornais ingleses, bebia chá inglês, dava boas risadas com P. G. Wodehouse e salpicava a conversa com expressões como "ripping", "topping" e "damned good fellow". A rainha Mary ainda nutria o que um cortesão chamava de "um fraco" por Guilherme II e sentia pena dele. Deu a Fritzi uma caixa de ouro da escrivaninha de Jorge V, como lembrança destinada a Guilherme II. "Profundamente comovido com a afetuosa lembrança que a levou a me enviar este presente como recordação", escreveu-lhe o ex-cáiser, assinando "seu dedicado primo".

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À medida que os alemães avançavam sobre a Europa [em 1939], começou a parecer a Guilherme II que velhas contas afinal eram gratificantemente acertadas. Quando eles marcharam sobre Paris, ele enviou um telegrama de congratulações a Hitler - o que causaria depois da guerra o confisco de Haus Doorn. Guilherme II morreu de ataque do coração a 4 de junho de 1941, aos 81 anos, a mesma idade que a avó, orgulhoso de que "seus" generais tivessem conquistado metade da Europa. Ao mesmo tempo, decidido a negar a Hitler uma oportunidade de propaganda, deixara instruções para que seu corpo não fosse levado a Berlim. Foi enterrado em Doorn, sem suásticas.

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No início da década de 1990, os restos de Nicolau e os de sua família foram desenterrados num bosque perto de Ecaterimburgo, sendo suas identidades confirmadas por testes de DNA. Em 1998, os corpos foram novamente enterrados, na igreja de Pedro e Paulo, em São Petersburgo. No local onde morreram, em Ecaterimburgo, existe hoje uma grande igreja branca e dourada com cúpula em forma de cebola. Em 2000, a Igreja Ortodoxa russa, estimulada por uma grande onda de patriotismo e o desejo de apagar 72 anos de domínio soviético, canonizou o último tsar e sua família.


Mais:
http://www.youtube.com/watch?v=3JyC6qw2D_s
http://www.youtube.com/watch?v=FpEEwZBcmJg
http://en.wikipedia.org/wiki/Remembrance_poppy
http://docs.google.com/file/d/1XwaIB7-SegEfMiBL5CUkGIDzVEwMvMdd

domingo, 25 de novembro de 2018

Ordem mundial

Trechos de Ordem Mundial (2014), de Henry Kissinger.


Por volta do começo do século XX, os planejadores militares - partindo do que acreditavam ser as lições oferecidas pela mecanização e pelos novos métodos de mobilização - começaram a ter como objetivo a vitória total numa guerra generalizada. Um sistema de ferrovias permitia o rápido deslocamento das forças militares. Com ambos os lados contando com amplas forças de reserva, a velocidade de mobilização tornou-se um fator essencial. A estratégia alemã, o famoso Plano Schlieffen, baseava-se na estimativa de que a Alemanha precisava derrotar um de seus vizinhos antes que este pudesse se combinar com os outros para atacá-la a partir do leste e do oeste. Preempção, portanto, fazia parte do planejamento militar. Os vizinhos da Alemanha encontravam-se sob um imperativo oposto; precisavam acelerar sua mobilização e ação coordenadas para reduzir o impacto de um possível ataque preventivo alemão. Cronogramas de mobilização dominavam a diplomacia; se líderes políticos queriam controlar considerações militares, as coisas teriam de ter se passado no sentido inverso.

A diplomacia, que ainda funcionava pelos - vagarosos - métodos tradicionais, perdeu o contato com a nova tecnologia e com o novo estilo de guerra que esta produzia.

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A história, contudo, cedo ou tarde acaba por punir a frivolidade estratégica. A Primeira Guerra Mundial foi deflagrada porque os líderes políticos perderam o controle de suas próprias táticas. [...] como era o alto verão, os estadistas estavam de férias. Contudo, uma vez que o ultimato austríaco foi apresentado em julho de 1914, seu prazo impunha uma grande urgência à decisão a ser tomada, e em menos de duas semanas, a Europa rumou para uma guerra da qual nunca se recuperou.

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Uma guerra cujas consequências não tinham sido avaliadas desceu sobre a civilização ocidental por conta da questão essencialmente paroquial do assassinato do príncipe austríaco coroado por um nacionalista sérvio, desfechando sobre a Europa um golpe que anulou um século de paz e ordem.

Nos quarenta anos que se seguiram ao acordo de Viena, a ordem europeia amorteceu conflitos. Nos quarenta anos após a unificação da Alemanha, o sistema agravou todas as disputas. Nenhum dos líderes previu a dimensão da catástrofe que seu sistema, baseado em conflitos rotineiros e apoiado no moderno maquinário militar, ameaçava deflagrar cedo ou tarde. E todos eles contribuíram para isso, sem perceber que estavam desmantelando a ordem internacional: a França por seu implacável compromisso de reconquistar a Alsácia-Lorena, o que exigia uma guerra; a Áustria por sua ambivalência entre suas responsabilidades nacionais e centro-europeias; a Alemanha por tentar superar o receio de se ver cercada enfrentando França e Rússia, ao mesmo tempo que promovia uma expansão de suas forças navais. A Alemanha aparentava, assim, estar cega às lições da história: a Grã-Bretanha certamente iria se opor à maior potência terrestre no continente se tentasse ao mesmo tempo ameaçar a supremacia naval britânica. A Rússia, graças a seus constantes movimentos em várias direções, ameaçava simultaneamente a Áustria e os remanescentes do Império Otomano. E a Grã-Bretanha, pela ambiguidade que obscurecia o grau de seu crescente comprometimento com o lado dos aliados, trazia o pior dos dois mundos. Seu apoio tornava a França e a Rússia inflexíveis; sua postura aparentemente distante confundia alguns líderes alemães, levando-os a acreditar que a Grã-Bretanha poderia permanecer neutra numa guerra europeia.

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Chocados com a carnificina, os estadistas da Europa tentaram forjar um período de pós-guerra que fosse o mais diferente possível da crise que acreditavam ter produzido a Grande Guerra, como era então chamada. Apagaram das suas mentes quase todas as lições das tentativas anteriores de construir uma ordem internacional, especialmente a do Congresso de Viena. Não foi uma decisão feliz. O Tratado de Versalhes de 1919 rejeitou a volta da Alemanha à ordem europeia, enquanto o Congresso de Viena incluía a aceitação da França derrotada. O novo governo revolucionário marxista-leninista da União Soviética declarou que não se pautaria pelos conceitos e limites de uma ordem internacional cuja derrubada ele profetizava. Agindo na margem da diplomacia europeia, a União Soviética só veio a ser reconhecida pelas potências ocidentais lentamente e com relutância. Dos cinco Estados que compunham a balança de poder europeia, o Império Austríaco tinha desaparecido; Rússia e Alemanha foram excluídas, ou tinham excluído a si mesmas; e a Grã-Bretanha estava começando a retomar seu envolvimento nos assuntos europeus, mais para resistir a uma real ameaça ao equilíbrio de poder do que para atuar preventivamente contra uma ameaça em potencial.

A diplomacia tradicional havia proporcionado um século de paz à Europa por meio de uma ordem internacional que soube equilibrar de forma sutil os elementos de poder e legitimidade. No último quarto de século, o equilíbrio havia se deslocado para repousar sobre o elemento do poder. Aqueles que redigiram o Tratado de Versalhes deram uma guinada de volta ao componente da legitimidade ao criar uma ordem internacional que só podia ser mantida, se é que isso era possível, por apelos aos princípios compartilhados - já que os elementos de poder foram ignorados ou mal administrados. O cordão formado pelos Estados originados pelo princípio da autodeterminação localizados entre a Alemanha e a União Soviética provou ser frágil demais para resistir a qualquer dos dois países, suscitando um conluio entre eles. A Grã-Bretanha retraía-se cada vez mais. Os Estados Unidos, tendo entrado na guerra de forma decisiva em 1917, a despeito de uma relutância inicial, haviam se desiludido com o seu desfecho, tendo se recolhido num relativo isolamento. A responsabilidade por proporcionar os elementos de poder, portanto, recaiu em grande medida sobre a França, que estava exaurida pela guerra, tendo sido drenada de seus recursos humanos e de qualquer vigor psicológico, e com uma consciência cada vez maior de que a disparidade de força entre ela e a Alemanha ameaçava se tornar congênita.

Poucas vezes um documento diplomático esteve tão longe de cumprir seu objetivo como aconteceu com o Tratado de Versalhes. Punitivo demais para inspirar conciliação, leniente demais para impedir que a Alemanha se recuperasse, o Tratado de Versalhes condenou as democracias esgotadas a uma constante vigilância contra uma Alemanha irreconciliável e revanchista, assim como uma União Soviética revolucionária.

Com a Alemanha nem comprometida moralmente com o acordo de Versalhes, nem confrontada com um claro equilíbrio de forças que evitasse seus desafios, a ordem de Versalhes praticamente era um convite ao revisionismo alemão. A Alemanha poderia ser impedida de afirmar sua superioridade estratégica potencial apenas com a ajuda de cláusulas discriminatórias, que desafiavam as convicções morais dos Estados Unidos e, numa medida crescente, da Grã-Bretanha. E uma vez que a Alemanha começasse a desafiar o acordo, seus termos só poderiam ser conservados por meio de sua implacável implementação pelas armas francesas ou pelo envolvimento permanente dos norte-americanos nos assuntos da Europa. Nenhuma das duas hipóteses era viável.

A França havia trabalhado durante três séculos para manter a Europa Central em primeiro lugar dividida e, em seguida, contida - primeiramente, por ela mesma, depois em aliança com a Rússia. Depois de Versalhes, contudo, ela perdeu essa opção. Os recursos da França tinham sido drenados demais pela guerra para que pudesse desempenhar o papel de policial da Europa, e a Europa Central e Oriental foram tomadas por correntes políticas que estavam além da capacidade de manipulação da França. Deixada a sós para encontrar um equilíbrio com a Alemanha unificada, fez esforços esporádicos para preservar um equilíbrio pela força, mas ficou desmoralizada quando seu pesadelo histórico reapareceu com o advento de Hitler.

As grandes potências procuraram institucionalizar sua repulsa à guerra numa nova forma de ordem internacional pacífica. Foi apresentada uma fórmula vaga de desarmamento internacional, ainda que sua aplicação prática fosse postergada para as negociações posteriores. A Liga das Nações e uma série de tratados de arbitragem se propuseram a substituir as disputas de poder por mecanismos legais para a resolução de disputas. No entanto, ainda que a filiação a essas novas estruturas fosse quase universal e todas as formas de violação da paz fossem banidas, nenhum país se dispunha a garantir que seus termos fossem respeitados. Potências que nutriam ressentimentos ou objetivos expansionistas - a Alemanha, o Japão imperial, a Itália de Mussolini - logo aprenderam que a violação dos termos de filiação à Liga das Nações ou a simples saída da organização não implicava qualquer consequência séria. Duas ordens do pós-guerra, contraditórias e sobrepostas, estavam por nascer: o mundo das regras e do direito internacional, habitado basicamente pelas democracias ocidentais em sua interação umas com as outras; e uma zona, livre de restrições, apropriada pelas potências que haviam se retirado desse sistema de limites para desfrutar de maior liberdade de ação. Avultando ao longe, para além dos dois mundos e manobrando de modo oportunista entre eles, estava a União Soviética - com seu próprio conceito revolucionário de ordem mundial ameaçando submergir a todos.

No fim, a ordem de Versalhes não alcançou nem a legitimidade, nem o equilíbrio. Sua fragilidade quase patética ficou demonstrada pelo Pacto de Locarno de 1925, no qual a Alemanha "aceitou" as fronteiras ocidentais e a desmilitarização da Renânia com as quais já tinha concordado em Versalhes, mas recusou explicitamente estender as mesmas garantias às fronteiras com a Polônia e a Tchecoslováquia - expressando de forma clara suas ambições e seus ressentimentos. De modo espantoso, a França assinou o acordo de Locarno ainda que este deixasse formalmente expostos a um eventual revanchismo alemão os aliados da França na Europa Oriental - um indício do que viria a fazer uma década mais tarde diante de um desafio efetivo.

Nos anos 1920, a Alemanha da República de Weimar lançou um apelo às consciências ocidentais ao contrastar as incoerências e caráter punitivo do acordo de Versalhes com os princípios mais idealistas da ordem internacional defendidos pela Liga das Nações. Hitler, que chegou ao poder em 1933 pelo voto popular concedido por um povo alemão ressentido, abandonou todo e qualquer resquício de moderação. Violando os termos da paz de Versalhes, ele rearmou o país e revogou o acordo de Locarno ao reocupar a Renânia. Quando seus desafios não encontraram resposta à altura, Hitler começou a desmantelar os Estados da Europa Central e Oriental, um a um: primeiro a Áustria, seguida da Tchecoslováquia e, finalmente, a Polônia.

A natureza desses desafios não era particular aos anos 1930. Em toda era a humanidade produz indivíduos demoníacos e ideias sedutoras de repressão. A tarefa dos estadistas é impedir que eles cheguem ao poder e manter uma ordem internacional capaz de detê-los caso consigam chegar lá. A combinação tóxica dos anos do entreguerras, combinando pacifismo frívolo, desequilíbrio geopolítico e desunião entre aliados permitia que essas forças atuassem livremente.

A Europa tinha construído uma ordem internacional com base na experiência de trezentos anos de conflitos. Jogou-a fora porque seus líderes não entenderam as consequências quando entraram na Primeira Guerra Mundial - e apesar de compreenderem efetivamente as consequências de outra conflagração, eles recuaram diante das implicações do que significaria agir com base nessa visão. O colapso da ordem internacional foi essencialmente uma história de abdicação, quiçá suicídio. Tendo abandonado os princípios do acordo vestfaliano e relutado em exercer a força exigida para fazer valer sua anunciada alternativa moral, a Europa era agora consumida por outra guerra que, ao seu fim, trouxe com ela mais uma vez a necessidade de reformar a ordem europeia.


Mais:
http://www.youtube.com/watch?v=JrlvD7RH8XM
http://archive.org/details/LeBonGustaveTheWorldUnbalanced
http://drive.google.com/file/d/1HDQQMUUqQeyX5_PrF5NvEmvuhQb2ByYe

quarta-feira, 21 de novembro de 2018

As consequências econômicas da paz

Trechos de As Consequências Econômicas Da Paz (1919), de John Maynard Keynes.


[...] os nossos representantes na conferência de Paris cometeram dois grandes erros contra os nossos interesses. Ao exigir o impossível, desprezaram a substância em favor de uma sombra, e terminarão por perder tudo. Concentrando-se excessivamente nos temas políticos, e na busca de uma segurança ilusória, deixaram de levar em conta a unidade econômica da Europa - segurança ilusória - porque o seu fator menos importante é a ocupação territorial extensa, e também porque as circunstâncias políticas do momento serão em grande parte irrelevantes para os problemas de uma década mais tarde.

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Com a vitória triunfante na guerra, a posição política e moral da França deixou de ser contestada, mas as suas perspectivas financeiras e econômicas eram muito ruins. Por isso uma estratégia prudente deveria ter procurado garanti-las na paz. Não há dúvida de que os interesses da França exigiam acima de tudo que ela obtivesse uma prioridade razoável no acesso às somas que a Alemanha pudesse pagar; que as suas dívidas excessivamente pesadas para com os aliados fossem reordenadas.

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Não posso ser acusado de orientar mal minha simpatia, porque acrescento também recomendações no sentido de sermos leais para com um inimigo humilhado, e de buscarmos a recuperação e a saúde da Europa como um todo.

Contudo, esses interesses fundamentais da França foram todos traídos por aqueles com quem o Senhor Clemenceau se cercou. Eles degradaram as reivindicações morais das áreas devastadas, exagerando indecentemente a sua magnitude. Cederam a prioridade da França nessas reivindicações, em troca de um acordo que iria aumentar a conta global a ser paga pela Alemanha, acima de qualquer possibilidade de cumprimento dessa obrigação (fato que sabem muito bem, o que quer que digam em público), incluindo uma reivindicação de pensões e indenizações contrária aos nossos compromissos; colocaram assim sobre os ombros do inimigo um ônus impossível, sem outra consequência a não ser reduzir a proporção devida à França de cada prestação paga pela Alemanha, sem aumentar a soma total a ser desembolsada.

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Estaria a França em segurança devido às sentinelas postados no Reno se suas finanças estivessem em desordem e ruína, se estivesse isolada espiritualmente dos seus amigos, se a miséria, o fanatismo e o derramamento de sangue prevalecessem do rio Reno para o Oriente, através de dois continentes?

Não se pense que estou imputando à França a responsabilidade pelo Tratado desastroso - responsabilidade que com efeito deve ser compartilhada por todos os seus signatários. É justo observar que a Inglaterra não tardou a garantir egoisticamente o que supunha fossem seus interesses, e a ela cabe principalmente a culpa pela forma adotada para o capítulo sobre reparações. A Inglaterra obteve colônias, navios e uma parte das reparações maior do que a que lhe devia caber com justiça.

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Movido por uma ambição insana e uma autoestima desastrosa, o povo alemão derrubou as bases sobre as quais todos vivemos e construímos. Mas os porta-vozes do povo francês e do inglês correram o risco de completar a ruína iniciada pelo estado germânico com uma paz que, levada a efeito, deverá prejudicar ainda mais, em vez de restaurar, a organização complexa e delicada já prejudicada e tornada vulnerável pela guerra, graças à qual os europeus podem empregar-se e viver.

Na Inglaterra, o aspecto aparente da vida não nos ensina ainda a sentir que chegamos ao fim de toda uma era. Estamos preocupados em recolher os fios da nossa vida onde os deixamos cair, com uma única diferença: muitos de nós parecemos bem mais ricos do que antes. Onde antes da guerra gastávamos milhões aprendemos agora a gastar centenas de milhões, aparentemente sem qualquer problema. Naturalmente, não exploramos ao máximo as possibilidades da nossa vida econômica. Por isso esperamos não só um retorno às comodidades de 1914 mas uma ampliação e intensificação desses confortos. Todas as classes fazem planos: os ricos para gastar mais e poupar menos, os pobres para gastar mais e trabalhar menos.

No entanto, talvez só na Inglaterra (e nos Estados Unidos) seja possível ser tão inconsciente. No continente europeu a terra se move sem que ninguém perceba. Não se trata apenas de uma questão de extravagância ou de "problemas trabalhistas", mas de vida e morte, de fome e sobrevivência, as tremendas convulsões de uma civilização moribunda.

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Se a guerra civil europeia deve terminar com a França e a Itália usando abusivamente o poder momentâneo da sua vitória para destruir a Alemanha e a Áustria-Hungria, que jazem prostradas, estão convidando a sua própria destruição, por estarem tão profunda e indissoluvelmente ligadas às suas vítimas, por vínculos econômicos e espirituais ocultos. De qualquer forma, um inglês que participou da conferência de Paris e durante aqueles meses pertenceu ao Conselho Econômico Supremo das Potências Aliadas, deveria tornar-se um europeu nos seus cuidados e na sua visão (uma experiência nova para ele). Ali, no centro nervoso do sistema europeu, suas preocupações britânicas em boa parte desapareceriam, e ele seria perseguido por outros espectros, mais assustadores. Paris foi um pesadelo, e todos estavam envolvidos por uma atmosfera de morbidez. Um sentido de catástrofe iminente assombrava o frívolo cenário: a futilidade e mesquinharia do homem diante dos grandes eventos que o confrontavam; o significado ambíguo e o irrealismo das decisões; a ligeireza, a cegueira, a insolência, os gritos confusos de ira - havia ali todos os elementos da tragédia antiga. Sentado ao lado das decorações teatrais dos salões oficiais franceses, podia-se especular se os rostos peculiares de Wilson e Clemenceau, com sua cor fixa e caracterização imutável, eram de fato rostos e não as máscaras tragicômicas de algum estranho drama ou de um espetáculo de marionetes.

Os procedimentos em Paris tinham todos esse ar de extraordinária relevância e ao mesmo tempo de pouca importância. As decisões tomadas pareciam prenhes de consequências para o futuro da sociedade humana; contudo, o contexto insinuava que as palavras não tinham peso - eram fúteis, insignificantes, sem efeito, dissociadas dos fatos.

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Em Paris, onde os que trabalhavam no Conselho Econômico Supremo recebiam quase que a cada hora relatos sobre a miséria, a desordem e a desorganização de toda a Europa Central e Oriental, nos países aliados como nos inimigos, e ouviam dos representantes financeiros da Alemanha e da Áustria o testemunho da terrível exaustão dos seus países, uma visita ocasional à sala quente e seca do Presidente da Casa, onde os Quatro cumpriam o seu destino em uma intriga árida e vazia, só aumentava esse sentido de pesadelo.

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A guerra prejudicou de tal forma o sistema que pôs em perigo toda a vida da Europa. Uma grande parte do continente jazia doente e moribunda; sua população excedia de muito a oferta dos meios de sobrevivência; sua organização foi destruída, o sistema de transporte desarticulado, a produção de alimentos terrivelmente prejudicada.

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A Inglaterra tinha destruído um rival no comércio, como em cada século precedente; e um capítulo importante se encerrara no conflito secular entre a glória da Alemanha e a da França. A prudência aconselhava uma certa adesão verbal aos "ideais" dos tolos americanos e dos hipócritas ingleses, mas seria estúpido acreditar que há muito lugar no mundo, como ele é, para iniciativas como a da Liga das Nações; ou que o princípio de autodeterminação dos povos faz algum sentido a não ser como uma fórmula engenhosa para reordenar a balança de poder em defesa dos interesses de cada nação vitoriosa.

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Uma paz magnânima e justa, de igual tratamento, baseada em uma "ideologia" como a dos Quartorze Pontos do Presidente Wilson, só poderia reduzir o período da recuperação alemã, apressando a chegada do dia em que a Alemanha impusesse novamente à França a força dos seus números, dos seus recursos e competência técnica. Daí a necessidade de obter "garantias", e cada garantia aumentava a irritação e portanto a probabilidade de uma subsequente revanche da Alemanha, tornando necessárias outras medidas para esmagá-la. Assim, com a adoção dessa perspectiva, e desprezada alternativa, é inevitável que se exija uma "paz de Cartago", como a imposta pelos romanos àquela cidade rival, em toda a medida em que o poder momentâneo pode impô-la.

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Assim, na medida do possível era a política da França que atrasava o relógio e desfazia o que o progresso da Alemanha tinha realizado desde 1870. Com as perdas territoriais e outras medidas a população alemã seria reduzida; mas sobretudo era preciso destruir o seu sistema econômico, base da sua nova força - a vasta trama construída com ferro, carvão e transportes. Se a França pudesse apoderar-se, mesmo em parte, do que a Alemanha era obrigada a abandonar, a desigualdade de forças entre os dois competidores pela hegemonia europeia poderia ser corrigida por muitas gerações.

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É a política de um ancião [Clemenceau], cujas impressões mais vivas e cuja imaginação mais rica pertencem ao passado, e não ao futuro. Um velho que vê o problema em termos de França e Alemanha, não de humanidade e de uma civilização europeia lutando para atingir uma nova ordem. A guerra marcou sua consciência de modo um pouco diferente do nosso, e ele não tem a expectativa ou a esperança de que chegamos ao limiar de uma nova era.

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Os ponteiros do relógio não podem ser atrasados. É impossível restaurar a Europa Central como era em 1870 sem provocar tais tensões na estrutura europeia, e liberar forças humanas e espirituais que ultrapassando fronteiras e povos irão superar não só nossas "garantias" como nossas instituições, e toda a ordenação existente na nossa sociedade.

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Em novembro de 1918 os exércitos de Foch e as palavras de Wilson nos permitiram de súbito escapar do que nos ameaçava, com tudo o que mais prezávamos. As condições pareciam mais favoráveis do que nunca. A vitória era tão completa que não havia lugar para o medo. O inimigo depusera suas armas confiante em um solene acordo sobre as características gerais da paz, cujos termos pareciam garantir uma solução justa e magnânima, e conter uma esperança de restauração da corrente de vida que se rompera. Para dar a sua garantia, o Presidente dos Estados Unidos vinha pessoalmente apor o seu selo nesse pacto.

Quando deixou Washington, o Presidente Wilson gozava em todo o mundo de um prestígio e uma influência moral sem igual na história. Suas palavras corajosas e comedidas chegavam aos povos da Europa por cima e além da voz dos políticos europeus. Os povos inimigos confiavam em que levasse à prática o acordo que fizera com eles; e os aliados o tinham não só como um líder vitorioso, mas quase como um profeta. Além da sua influência moral, a realidade do poder estava nas suas mãos. O exército dos Estados Unidos estava no auge dos seus números, equipamento e disciplina. A Europa dependia inteiramente dos alimentos fornecidos pelos Estados Unidos; do ponto de vista financeiro estava ainda mais à sua mercê. A Europa já devia a Washington mais do que podia, e no entanto ainda seria preciso uma assistência importante para salvá-la da fome e da bancarrota. Nunca um filósofo detivera tais instrumentos para impor-se aos príncipes do mundo. Nas capitais europeias a multidão cercava o carro do Presidente. Com que curiosidade, ansiedade e esperança procurávamos vislumbrar o rosto e o porte desse homem do destino que, vindo do Oeste, deveria curar as feridas dos progenitores da sua civilização, e construir os alicerces do nosso futuro.

A desilusão foi tão completa que alguns dos que tinham sido mais confiantes não ousavam revelá-la. Seria verdade? perguntavam aos que voltavam de Paris. Seria o Tratado realmente tão ruim como parecia? Que acontecera com Wilson? Que debilidade ou desgraça explicava uma traição tão extraordinária e inesperada?

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Como Ulisses [Grant], Wilson parecia mais sábio quando sentado.

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A crítica seria simplesmente de que o Presidente, por várias razões pessoais e sinistras, queria simplesmente "to let the Hun off" - "livrar os hunos". Era possível prever a voz quase unânime da imprensa francesa e britânica. Assim, se seguisse esse caminho certamente seria derrotado.

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[Wilson] Pensava que a explosão de popularidade que o acolhera ao chegar à Europa já diminuíra; a imprensa parisiense troçava com ele abertamente; nos Estados Unidos, seus opositores políticos aproveitavam sua ausência para criar um clima negativo; a Inglaterra era fria, crítica, indiferente.

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O terror germânico ainda nos espreitava, e até mesmo o público simpático revelava uma grande cautela: não devemos encorajar o inimigo, é preciso apoiar nossos amigos.

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Em vez de entregar Danzig à Polônia, o Tratado cria ali uma "cidade livre", mas inclui essa "cidade livre" no território aduaneiro da Polônia, confia a este país o controle do sistema ferroviário e de navegação fluvial, estabelecendo que "caberá ao Governo polonês a condução das relações exteriores da cidade livre de Danzig, assim como a proteção diplomática dos seus cidadãos quando no exterior".

Ao colocar o sistema fluvial da Alemanha sob controle estrangeiro, o Tratado fala em considerar como rios internacionais aqueles "sistemas fluviais que dão naturalmente a mais de um Estado o acesso ao mar, com ou sem transbordo de uma embarcação para outra".

Há muitos outros exemplos. O objetivo honesto e inteligível da política francesa - limitar a população alemã e debilitar o seu sistema econômico - se reveste, por causa de Wilson, da linguagem augusta da liberdade e igualdade internacional.

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Clemenceau teve êxito no que parecera, alguns meses antes, uma proposta extraordinária e impossível: que os alemães não fossem ouvidos.


Mais:
http://docs.google.com/file/d/0BxwrrqPyqsnITmZJZHBsaVg0bTg
http://www.youtube.com/watch?v=0PYSFqCSsGU
http://www.newcriterion.com/issues/2014/9/guilt-trip-versailles-avant-garde-kitsch